eulogio escaneado
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9 de marzo
Me convendría ahorrar y retribuir a un lugareño para que me deslice en la silla, de mal humor y a trompicones, lejos. Mas con nadie me relaciono y tengo la impresión de que se me han pasado de rosca incluso las palabras; sí, gruñir sí gruño. Llueve como si los cúmulos llevaran siglos sin aliviarse y se dijesen al oído ya no aguanto más o me revienta la vejiga, por el acaloro con que se suceden los chaparrones, los rayos, las centellas. Doña Laurentina, en este preciso momento, se despoja de la saya para que lave el agua sus flaquezas y le dé gusto en la entrepierna que es sector sagrado y herrumbroso. Nos halagaría aprovechar el caudal de los desbordamientos para suministrar a nuestros cuerpos lustre, ese aseo tan necesario, esa higiene glacial que se me antoja benéfica por diversos motivos que ni merece la pena enumerar. Morirse estornudando, salga el sol por donde salga, no es tan repelente si se le compara con roncar o berrear de agudo pesimismo o pincharnos la epidermis deslucida porque nos mosquea que las preladas, cuando nos presionan para acometer las correrías que prefieren, son la perdición. Están como cencerras. Presiento que es domingo por la tarde y me coge un sueño dulce que deseo no decaiga nunca: hay niños en algún sitio calzándose chirucas y flores de madreselva esparcidas en callejones serenos que no he corrido; hay casas a medio demoler y aldeas sin nombre; hay mujeres con taja y cajón y una acequia agostada que no es verdad. Un sueño tonto que si se restriega me escuece en el orzuelo. Yo no debo seguir aquí, me susurro a mí mismo al subirme los marianos. Si cuando menos pudiese encaramarme a la carreta donde les traen la leche agria a las hermanas, y los bizcochos atrasados, escapar caracterizado de guirrio y desvanecerme en la vastedad de la provincia, sería el hombre más risueño.

12 de marzo
A quien le competa: tras las paredes, miradas miserables espían los engorrosos movimientos de los pensionistas. Nos es indiferente que nos atrapen los más íntimos aspavientos por sorpresa, que nos inmovilicen las manos en la mesa luego de comer hasta cortarnos de raíz la digestión, que nos impongan, despatarrados en el suelo, encarnar un Romeo epiléptico y humillante para que ellas se carcajeen como hienas. Qué nos incumbe que los tabiques desconchados del cuchitril oigan, vean y quién sabe cuántas impudicias más. Allá ellas con su conciencia desatada. Escribo parcialmente a disgusto porque me ofenden, de tanto estar sentado, las partes que el pudor me desaconseja renombrar. ¿Qué será el pudor a todo esto?

13 de marzo
¿Me habré perdido algo realmente sustancial del libro de cuentos que es la vida? ¿O de ese otro, el de las vidas de mártires y santas forrado con periódicos?

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«Elogio del proxeneta», Ediciones Escalera, Col. Trayectos, Madrid 2009

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