A la que falta portada.

DESHACER LA NIEBLA 

Si se pudieran saldar cuentas… Si un poema fuese moneda de cambio o factura liquidada…

Perder a la madre es quedarse al raso y sin abrigo, es sentir cómo la muerte se lleva la parte más certera del alma o el tiempo comienza a caminar de una manera diferente. La muerte y sus andanzas.

El poeta Luis Miguel Rabanal lleva ya libros intentando relacionarse con la muerte de la misma manera que se relaciona con la vida: a versos y tardes tormentosas. Porque muerte y vida son las dos caras de una misma moneda que lleva años de canto girando entre sus letras.

La muerte vive en nuestras manos, pero no hay muerte mayor que el olvido. Y el olvido no es más que ese perverso animal que frecuenta el felpudo de la puerta y los bajos a punto de descoserse entre las cortinas.

La vida es, por tanto, memoria, saborear lo que fue o lo que ha sido para sostener el devenir; el porvenir no existe. Sólo el recuerdo mantiene, nos mantiene asidos a lo que somos, siempre producto de lo que fuimos.

Y la madre, la madre es el referente, el ADN, la música, el principio.

En los libros anteriores del poeta, como decía antes, también hubo un lugar para la muerte, como siempre lo habrá mientras haya vida. Es obvio en títulos como Mortajas o Cáncer de invierno o en la colección de poemas de 33 versos (todos tienen la misma dimensión) de su libro anterior Música para torpes. No es por casualidad ese número que en nuestra tradición es símbolo de muerte, de crisis, de sacrificio.

Los poemas del libro que tienes entre las manos duelen porque rezuman verdad e inteligencia. Una poesía de una calidad no sólo indiscutible y madura, sino mucho más, ejemplar. Cualquier tipo de testimonio en poesía es un riesgo peligroso de resultados, muchas veces, pésimos. A quién le importa lo que nos pase. No siempre lo personal es universal si no está en la mano (o la lengua) de un poeta grande: un poeta que teje las palabras con el viento de la tradición literaria, con ecos que no son más que la resonancia de sus vísceras o el percutir de una lágrima perfecta. El poeta Rabanal ha compuesto un tapiz de una belleza trágica, como una luz que se pierde entre el bosque llevándose el último vuelo del aire.

Aquí el poema consigue deshacer la niebla.

Ya el título nos inunda de ausencia, nos dice que alguien ahora no está. Pero no avisa de la herida abierta (anhelo de moscas), no avisa del filo impoluto de los versos, descose el límite en los dedos mientras siguen al ojo que lee. No avisa y destapa el miedo más atávico, el que roe los elásticos de los calcetines calados que grababan nuestros tobillos.

Este libro es testimonio y apósito. A la que falta es el libro preciso, el libro que da luz a la parte más oscura de la razón, aquello que cuesta tanto aceptar 

Puedo decir que consta de tres partes diferenciadas, pero para qué hablar de lo obvio.

Cristales. La realidad es lo que resta. El rastro de lo que fue. Los cristales de ausencia, punzantes, que hieren sólo con la esquirla en la mirada. La amenaza de todo solsticio que acaba con lo anterior. Poemas de gran densidad, cuadros de una galería que reflejan la mueca de dolor de quien los mira. La música que acompaña, o el silencio que deja tras su paso. Dos citas: Haendel y Pink Floyd. Cuando la persona fallecida se convierte en extranjera. El cadáver y la máscara, el gesto insospechado, la inverosímil goma de borrar. El tiempo que también te convierte en extranjero de ti mismo. La particular relación madre-hijo, el remordimiento más allá de las palabras. La palabra repetida dos veces como un salmo, como un enlace musical, como un suceso fatal. El dolor.

Rotos. El aire se apodera de las palabras. Versos repartidos en estrofas. Estrofas separadas por espacios en los que transita la ironía, la decepción, el sufrimiento. El valor de las cosas añadidas. La piel como un mapa. El primer paisaje de la historia visto a golpe de caracol o invidente es la piel de la madre. Su deterioro es la pérdida de lugares fantásticos o extraordinarios. Su desaparición compone el registro de nuestro propio mapa. Uso de palabras locales, en desuso. Cuando el domicilio se traslada a una absurda y aséptica habitación de hospital. La experiencia solitaria del dolor. Imágenes de lo que fue. La medicina, el miserable avance de la muerte. La lucha contra la recidiva, ni las lágrimas pueden con ello. Sólo el frío. Sólo grita el frío. La larga despedida que al final supone un momento, un instante breve en el que al desaparecer la luz tras los párpados, se borran la historia y la sed.

Retales. Esa memoria que destapa la niñez y nos convierte en personajes de nosotros mismos. Volver a la infancia es desnudar las uñas, esa península donde siempre vivió la vergüenza. El mundo de los sabores y los aromas, un mundo que conforma la verdad de los espejos. La madre es siempre la recuperación de la infancia. Sabores: pastas de nata, hogazas, migas fritas, peras de compota, almendras dulces, tarta de galleta, membrillo… Los sonidos de la memoria. Las manos de la madre y su unicidad y sanación. Los objetos domésticos que conforman el inventario de todo aquello con lo que aprendimos las formas y el tacto, lo prescindible y lo creativo. La luz exterior y el paisaje sujeto a las hazañas del campo.

El cronotopo de la muerte. Cuando indefectiblemente coinciden espacio y tiempo. Porque el trayecto de la muerte lo ocupa todo y es largo: perdura más allá del momento funesto, mientras queda en el reverso de los labios la imagen del hielo.

La muerte crece como la noche, ese distrito lunar que va ocupando todo bajo su influjo, que atrae los pasos cada vez más torpes, cada vez más necios. El lunar crece como la noche, apéndice de oscuridad.

A la que falta es el recorrido de un sollozo, el golpear de la memoria, el transcurso de una herida, es la sinestesia de tanto insomnio juntando la merienda infantil con el aroma esquivo de los baldosines en la sala de curas.

A la que falta es el testimonio de la supervivencia. Porque sobrevivir duele, si conlleva la pérdida del referente, el techo y la caricia.

A la que falta es la explicación a la crueldad que nos significa desde el instante neonato de nuestro latido.

A la que falta es también la historia del error de una célula.

A la que falta contiene una escritura sincera, como la lluvia, como las huellas en la arena de la playa. Irrepetible. Genuina. Sólo un gran poeta puede hacer algo así.

A pesar de las ampollas, seguiré releyendo estos poemas porque son necesarios, porque hieren de belleza y razón.

Y después del daño, llega abril, deshace el hielo y crea la música otra vez. El paso despiadado de la vida.

A la que falta es un libro valiente. Gracias, Luis Miguel.

 

© ANA MARTÍN PUIGPELAT

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[«A la que falta», Editorial Origami, Col. La casa del pintor, Jerez de la Frontera 2013. Puedes pedirlo en la tienda de la editorial, libre de gastos de envío, aquí]

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