Poema desquiciado

XI

Después qué importa.
Me vestirán de nuevo con el traje
de la risa que se lo llevaba el humo,
habrá rostros contritos
y algún cigarro sin terminar
bajo mis pies helados.
Lo mismo que la vida.
Me derramarán palabras sin sentido
y allí todo habrá acabado.
Nunca más los colores
que uno no se acostumbra a perder
en los ojos de las otras,
lo mismo que la vida.
Si acaso, un niño ya mayor
un poco llorará sobre mi frente
y ya nadie diga nada.
Un avión de juguete, un barco.
Y una bolsa con cenizas.

En los diarios se ve el mar

Es una larga historia, de esas
que se comentan al anochecer
en el bar de la esquina, el Javi
por ejemplo.
Una mujer
no muy hermosa que llega a la ciudad
de nadie sabe dónde.
Que vive en una casa mustia
sin vecinos, que envidiamos.
Un día, en el parque de Ferrera,
se sintió agotada, su corazón,
sus manos sin labores,
su vida seguramente concluida.
La verdadera historia no es
esto que se dice sin suponer
el dolor, o la renuncia.
En Buenos Aires, con dieciocho
años, mató a un hombre.
Vinieron tiempos de locura a rozarle
la frente, días de viento inmóvil
la ataron a una mesa.
Una botella de vodka barato.
Su vida es esa imagen de periódico,
muda, desolada.

15 de mayo de 1995

Tres poemas en Tam-Tam Press

Palos de cigüeña
cartones de cerillas
y ningún odio,
artilugios de la vida
que sorprenden
por el hollín y la calma.
Del Monte de los Frailes
bajó el asesino, puso
en mi mano el corazón
de otro.
Arañó la memoria.

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Se percibe en su voz
se adentra en la entraña
soñada del cosaco
se precipita como entonces
a por ti.
Sumida en la penumbra
avergonzado si quieres,
averigua en los libros
se mesa los cabellos
se masturba
un poco.

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Si deseas seguir leyendo, aquí.
Gracias, Eloísa.

Esquinas

ESQUINAS de Pepe Pereza

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LA LEY DEL MÁS FUERTE

Clara intentaba colocar un condón en el descomunal pene de un fulano. Lo hacía desde el asiento del copiloto de una escacharrada camioneta. Era el tercer condón que rompía intentando enfundar aquel pollón. Nunca antes había visto algo semejante. Volvió a probar con un cuarto profiláctico. El sujeto empezaba a mosquearse. Clara no quería problemas y puso todo su empeño en que esta vez no se rompiese. ¡Por fin! Lo consiguió. Sonrió satisfecha por la hazaña que acababa de realizar. Sin vacilar, el tipo la agarró del cogote y la arengó para que le hiciese una felación. Clara tuvo que forzar las mandíbulas para poder abarcar el glande. Mientras chupaba, levantó la vista y a través del parabrisas delantero lo vio. Era un eclipse lunar. Recordó que horas antes una compañera le había hablado del acontecimiento. Dejó de chupar y señaló al cielo.

– El eclipse.

Al hombre se la sudaba. A él lo único que le interesaba era lo que tuviese relación con su cipote. Clara reanudó su trabajo. Lo hizo mirando de reojo a la luna. La vio alinearse y observó cómo su superficie entraba en el cono de sombra terrestre. Entonces notó que en el condón se abría una fisura. Hizo amago de sustituir el preservativo, pero el menda estaba harto de tanta gomita y quiso continuar a pelo.

–  Cómeme el rabo, joder.

–  Sin condón no. Si quieres te hago una paja.

Quiso forzarla. Clara sacó una navaja. Él no atendió razones y ella se vio obligada a defenderse. Un chorro de sangre salpicó el interior del vehículo.

De regreso usó unas toallitas húmedas para limpiarse las salpicaduras que le habían alcanzado. Cuando llegó a su esquina se quedó mirando el cielo. El eclipse ya había acabado, aun así, pudo disfrutar de una inmensa luna roja. Eso le recordó que tendría que pasarse por el hospital para que le hiciesen unos análisis. En los tiempos que corrían era mejor no arriesgarse.

 

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Pepe Pereza, “Esquinas”, Lupercalia, Alicante 2013

 

Tomás Segovia

XVI

Hoy por ejemplo sé con fe segura
cómo tendría que abordar la cama
nuestro rito de amor: sobre una trama
de inamaestrable luz que nos figura

siempre a un tiempo a los dos, y que perdura
sin mutuo eclipse, y donde a mí me llama
la tú que me ama, como el yo que te ama
te ama en tu goce a ti sin veladura.

Mi boca por ejemplo, en la pelambre
preciosa de tu pubis, buscaría
servicialmente tu jugosa griega,

sin avaricia, con más mimo que hambre,
haciéndome más tuyo que a ti mía,
fiel en tu coño mismo a ti completa.

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De su libro “Sonetos votivos”, Fundación Inquietudes, Col. Instrucciones para abrir una caja fuerte, Madrid 2008. Nota de Carlos Piera.

Poema sepulcral

VI

El moribundo está tranquilo.
La calle
ya no tiene apodos.
Parece que su boca no es la mía
y me descubro besuqueando
su cadáver.
Nada que hacer con su desprecio,
es ceniza de tu alma
que ahora te ha llamado
para que le des las gracias.
Por vivir
sin ninguna gana de vivir con nadie,
a solas en su mundo.
Yo le digo que debe conformarse
con parecer un muerto diferente,
un muerto enmarañado.

«A la que falta». Epílogo de Javier Gil Martín

A la que falta portada

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CENIZAS, DAÑOS, DESNEVIOS

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                                                        Nada es pleno en nosotros,

                                                        los más escindidos.

                                                        Ni el sufrimiento.

                                                        Rafael Cadenas

0

Estar aquí hoy, ahora, escribiendo sobre A la que falta, de Luis Miguel Rabanal, es, cuanto menos, un ejercicio difícil, pero también, y sobre todo, iluminador, no por lo que puedan decir estas pobres palabras mías, sino por lo que tienen este puñado de poemas, estas “cenizas”, “daños” y “desnevios” (así se llaman las partes del libro), de desvelo y desgarro. “Nada de lo expresado tendrá consuelo”, dice Rabanal en el poema “Ojos que al fin vi entre lágrimas” (título prestado, como nos indica, de T. S. Eliot), y es que parece imposible el consuelo, y además la intención del poeta no parece esa, la de buscar consuelo, sino más bien la de ahondar en el dolor, quitar las capas de la cebolla una a una (“preferí trocear la experiencia del dolor por la pérdida”, en sus propias palabras hablando del libro) para llegar hasta el centro (al corazón de la cebolla) como una forma, nos parece a nosotros, de no traicionar el recuerdo de la ausente, la que falta, Cristina Rabanal, madre del poeta a la que ya había dedicado, in memóriam, su poemario de 2008 Camineros, jícaras, verdugos, ni traicionar su propio recuerdo (sus propios recuerdos).

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“Nada tiene que ver el dolor con el dolor / nada tiene que ver la desesperación con la desesperación / Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas / No hay nombres en la zona muda”, dejó escrito Enrique Lihn en el primer poema de ese libro-testamento que fue su último poemario Diario de muerte (1989). Pero a pesar de esa falta nominal, de ese vacío, escribimos; escribió Enrique Lihn hasta el último suspiro y ha escrito Luis Miguel Rabanal bajo la sombra del dolor y la desesperación, esas palabras viciadas, aquí por la pérdida de su madre, pero también “enfermedad y memoria, dolor y adioses y muerte son varios de los elementos que organizan, bien a su pesar, las maquinaciones de Mortajas”, uno de sus últimos libros, de 2009, donde escribió: “…es la hora de coincidir / con lo extraño y musitar / lo innombrable”. Pero si en Mortajas la mirada se pone sobre el que habla y lo que le rodea (suponemos que en un hospital) y las palabras y los versos se adelgazan en un esfuerzo de síntesis y concisión considerable, en A la que falta las palabras se expanden, las metáforas se multiplican…

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Pero aunque los daños lo inundan todo y parece no haber salvación, “La vida acaba mal, conforme”, así comienza el libro, y en el primer poema de Música para torpes (2012) escribió: “Será que el tiempo no sabe hacer contigo / más que escribir las palabras / para al rato negar / con desprecio sus virtudes curativas”, sí hay reductos, refugios, que nos llevan, de nuevo, a Olleir (nombre del territorio literario mítico del poeta), esos desnevios con los que nombra la última parte del libro y que Rabanal describe así: “Cuando ablanda la nieve todos los arroyos fluyen con una música muy especial. Esos son los desnevios”. Esa “música” nos trae recuerdos de tiempos lejanos, inventados o no, porque, como había escrito en Camineros, jícaras, verdugos: “La nostalgia / (que) lo emborrona / todo”.

Es este un poemario, así me ha resultado a mí al menos, en el que difícilmente se entra y del que difícilmente se sale (como esos pasajes de la infancia, desnevios, que nunca llegan a abandonarnos del todo). Y aquí seguimos, en Olleir, junto a Luis Miguel Rabanal, aferrándonos a estas palabras a la intemperie…

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© JAVIER GIL MARTÍN

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[«A la que falta», Editorial Origami, Col. La casa del pintor, Jerez de la Frontera 2013. Puedes pedirlo en la tienda de la editorial, libre de gastos de envío, aquí]

Elogio del proxeneta

eulogio escaneado
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9 de marzo
Me convendría ahorrar y retribuir a un lugareño para que me deslice en la silla, de mal humor y a trompicones, lejos. Mas con nadie me relaciono y tengo la impresión de que se me han pasado de rosca incluso las palabras; sí, gruñir sí gruño. Llueve como si los cúmulos llevaran siglos sin aliviarse y se dijesen al oído ya no aguanto más o me revienta la vejiga, por el acaloro con que se suceden los chaparrones, los rayos, las centellas. Doña Laurentina, en este preciso momento, se despoja de la saya para que lave el agua sus flaquezas y le dé gusto en la entrepierna que es sector sagrado y herrumbroso. Nos halagaría aprovechar el caudal de los desbordamientos para suministrar a nuestros cuerpos lustre, ese aseo tan necesario, esa higiene glacial que se me antoja benéfica por diversos motivos que ni merece la pena enumerar. Morirse estornudando, salga el sol por donde salga, no es tan repelente si se le compara con roncar o berrear de agudo pesimismo o pincharnos la epidermis deslucida porque nos mosquea que las preladas, cuando nos presionan para acometer las correrías que prefieren, son la perdición. Están como cencerras. Presiento que es domingo por la tarde y me coge un sueño dulce que deseo no decaiga nunca: hay niños en algún sitio calzándose chirucas y flores de madreselva esparcidas en callejones serenos que no he corrido; hay casas a medio demoler y aldeas sin nombre; hay mujeres con taja y cajón y una acequia agostada que no es verdad. Un sueño tonto que si se restriega me escuece en el orzuelo. Yo no debo seguir aquí, me susurro a mí mismo al subirme los marianos. Si cuando menos pudiese encaramarme a la carreta donde les traen la leche agria a las hermanas, y los bizcochos atrasados, escapar caracterizado de guirrio y desvanecerme en la vastedad de la provincia, sería el hombre más risueño.

12 de marzo
A quien le competa: tras las paredes, miradas miserables espían los engorrosos movimientos de los pensionistas. Nos es indiferente que nos atrapen los más íntimos aspavientos por sorpresa, que nos inmovilicen las manos en la mesa luego de comer hasta cortarnos de raíz la digestión, que nos impongan, despatarrados en el suelo, encarnar un Romeo epiléptico y humillante para que ellas se carcajeen como hienas. Qué nos incumbe que los tabiques desconchados del cuchitril oigan, vean y quién sabe cuántas impudicias más. Allá ellas con su conciencia desatada. Escribo parcialmente a disgusto porque me ofenden, de tanto estar sentado, las partes que el pudor me desaconseja renombrar. ¿Qué será el pudor a todo esto?

13 de marzo
¿Me habré perdido algo realmente sustancial del libro de cuentos que es la vida? ¿O de ese otro, el de las vidas de mártires y santas forrado con periódicos?

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«Elogio del proxeneta», Ediciones Escalera, Col. Trayectos, Madrid 2009

La noche que llovieron impermeables

EN ESA EDAD

Lo único que tiene la vulgaridad,
es que nos humaniza

Poeta Bululú

 

en esa edad donde
es temprano para morir
y demasiado tarde para matarte
en una desesperada búsqueda de la
eternidad

en esa edad indecisa,
en la que en los bares hay demasiada
gente,
eres más viejo que todos los héroes
y los niños te llaman señor

en esa edad de nadas,
con las ganas de cometer viejos errores
y descubrir un freno silenciado,
te sorprendes paseando, quién lo diría,
sin rumbo, por el placer de pasear,
dudando al mirar a las viandantes
si prefieres follarte
a las madres o a sus hijas

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Jorge M Molinero, «La noche que llovieron impermeables», Editorial Origami, Col. La casa del pintor, Jerez de la Frontera 2013

En Escrito en el viento

Treinta y un poetas de Asturias

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XIII

Parque de Ferrera

Verdaderamente es suave
la hierba para que aquí mismo
los perros devoren la garganta
a las niñas bajo la desvelada luz
de la luna.
Y si no, vendrán borrachos
a enlentecer con canciones su trompa,
a quemar con los dedos
la inmensa barbarie.
Un hombre fuma y vigila todo esto,
su rostro ha brillado un segundo
mientras la brasa arde.
Ese soy yo
hace muchísimo tiempo
que emborrona en el cuaderno cosas.
Empieza a hacer frío
pero ya ni lo siento,
al amanecer le falta el viajante
que bosteza ahora y estornuda.

LMR
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De “Asturcones. Treinta y un poetas de Asturias”, Canalla Ediciones, Madrid 2012. Aquí. Gracias, José Ángel.

Un poema atribulado

VIEJAS PIEDRAS BLANCAS para sentir
el húmedo calor del tiempo.
Han pasado los años y aún te crees
la mentira de entonces, si regresas
hazlo para siempre, como los que nada
guardan para sí, a no ser la decrepitud.
Casas en penumbra y huertos quemados.
Allí la infancia lloró su paraíso.
Y vienes hoy a detenerte
ante el paisaje donde pensabas morir.
Nadie te espera todavía, pobre hombre
que sufre, nadie te ha llamado.

«A la que falta». Prólogo de Ana Martín Puigpelat

A la que falta portada.

DESHACER LA NIEBLA 

Si se pudieran saldar cuentas… Si un poema fuese moneda de cambio o factura liquidada…

Perder a la madre es quedarse al raso y sin abrigo, es sentir cómo la muerte se lleva la parte más certera del alma o el tiempo comienza a caminar de una manera diferente. La muerte y sus andanzas.

El poeta Luis Miguel Rabanal lleva ya libros intentando relacionarse con la muerte de la misma manera que se relaciona con la vida: a versos y tardes tormentosas. Porque muerte y vida son las dos caras de una misma moneda que lleva años de canto girando entre sus letras.

La muerte vive en nuestras manos, pero no hay muerte mayor que el olvido. Y el olvido no es más que ese perverso animal que frecuenta el felpudo de la puerta y los bajos a punto de descoserse entre las cortinas.

La vida es, por tanto, memoria, saborear lo que fue o lo que ha sido para sostener el devenir; el porvenir no existe. Sólo el recuerdo mantiene, nos mantiene asidos a lo que somos, siempre producto de lo que fuimos.

Y la madre, la madre es el referente, el ADN, la música, el principio.

En los libros anteriores del poeta, como decía antes, también hubo un lugar para la muerte, como siempre lo habrá mientras haya vida. Es obvio en títulos como Mortajas o Cáncer de invierno o en la colección de poemas de 33 versos (todos tienen la misma dimensión) de su libro anterior Música para torpes. No es por casualidad ese número que en nuestra tradición es símbolo de muerte, de crisis, de sacrificio.

Los poemas del libro que tienes entre las manos duelen porque rezuman verdad e inteligencia. Una poesía de una calidad no sólo indiscutible y madura, sino mucho más, ejemplar. Cualquier tipo de testimonio en poesía es un riesgo peligroso de resultados, muchas veces, pésimos. A quién le importa lo que nos pase. No siempre lo personal es universal si no está en la mano (o la lengua) de un poeta grande: un poeta que teje las palabras con el viento de la tradición literaria, con ecos que no son más que la resonancia de sus vísceras o el percutir de una lágrima perfecta. El poeta Rabanal ha compuesto un tapiz de una belleza trágica, como una luz que se pierde entre el bosque llevándose el último vuelo del aire.

Aquí el poema consigue deshacer la niebla.

Ya el título nos inunda de ausencia, nos dice que alguien ahora no está. Pero no avisa de la herida abierta (anhelo de moscas), no avisa del filo impoluto de los versos, descose el límite en los dedos mientras siguen al ojo que lee. No avisa y destapa el miedo más atávico, el que roe los elásticos de los calcetines calados que grababan nuestros tobillos.

Este libro es testimonio y apósito. A la que falta es el libro preciso, el libro que da luz a la parte más oscura de la razón, aquello que cuesta tanto aceptar 

Puedo decir que consta de tres partes diferenciadas, pero para qué hablar de lo obvio.

Cristales. La realidad es lo que resta. El rastro de lo que fue. Los cristales de ausencia, punzantes, que hieren sólo con la esquirla en la mirada. La amenaza de todo solsticio que acaba con lo anterior. Poemas de gran densidad, cuadros de una galería que reflejan la mueca de dolor de quien los mira. La música que acompaña, o el silencio que deja tras su paso. Dos citas: Haendel y Pink Floyd. Cuando la persona fallecida se convierte en extranjera. El cadáver y la máscara, el gesto insospechado, la inverosímil goma de borrar. El tiempo que también te convierte en extranjero de ti mismo. La particular relación madre-hijo, el remordimiento más allá de las palabras. La palabra repetida dos veces como un salmo, como un enlace musical, como un suceso fatal. El dolor.

Rotos. El aire se apodera de las palabras. Versos repartidos en estrofas. Estrofas separadas por espacios en los que transita la ironía, la decepción, el sufrimiento. El valor de las cosas añadidas. La piel como un mapa. El primer paisaje de la historia visto a golpe de caracol o invidente es la piel de la madre. Su deterioro es la pérdida de lugares fantásticos o extraordinarios. Su desaparición compone el registro de nuestro propio mapa. Uso de palabras locales, en desuso. Cuando el domicilio se traslada a una absurda y aséptica habitación de hospital. La experiencia solitaria del dolor. Imágenes de lo que fue. La medicina, el miserable avance de la muerte. La lucha contra la recidiva, ni las lágrimas pueden con ello. Sólo el frío. Sólo grita el frío. La larga despedida que al final supone un momento, un instante breve en el que al desaparecer la luz tras los párpados, se borran la historia y la sed.

Retales. Esa memoria que destapa la niñez y nos convierte en personajes de nosotros mismos. Volver a la infancia es desnudar las uñas, esa península donde siempre vivió la vergüenza. El mundo de los sabores y los aromas, un mundo que conforma la verdad de los espejos. La madre es siempre la recuperación de la infancia. Sabores: pastas de nata, hogazas, migas fritas, peras de compota, almendras dulces, tarta de galleta, membrillo… Los sonidos de la memoria. Las manos de la madre y su unicidad y sanación. Los objetos domésticos que conforman el inventario de todo aquello con lo que aprendimos las formas y el tacto, lo prescindible y lo creativo. La luz exterior y el paisaje sujeto a las hazañas del campo.

El cronotopo de la muerte. Cuando indefectiblemente coinciden espacio y tiempo. Porque el trayecto de la muerte lo ocupa todo y es largo: perdura más allá del momento funesto, mientras queda en el reverso de los labios la imagen del hielo.

La muerte crece como la noche, ese distrito lunar que va ocupando todo bajo su influjo, que atrae los pasos cada vez más torpes, cada vez más necios. El lunar crece como la noche, apéndice de oscuridad.

A la que falta es el recorrido de un sollozo, el golpear de la memoria, el transcurso de una herida, es la sinestesia de tanto insomnio juntando la merienda infantil con el aroma esquivo de los baldosines en la sala de curas.

A la que falta es el testimonio de la supervivencia. Porque sobrevivir duele, si conlleva la pérdida del referente, el techo y la caricia.

A la que falta es la explicación a la crueldad que nos significa desde el instante neonato de nuestro latido.

A la que falta es también la historia del error de una célula.

A la que falta contiene una escritura sincera, como la lluvia, como las huellas en la arena de la playa. Irrepetible. Genuina. Sólo un gran poeta puede hacer algo así.

A pesar de las ampollas, seguiré releyendo estos poemas porque son necesarios, porque hieren de belleza y razón.

Y después del daño, llega abril, deshace el hielo y crea la música otra vez. El paso despiadado de la vida.

A la que falta es un libro valiente. Gracias, Luis Miguel.

 

© ANA MARTÍN PUIGPELAT

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[«A la que falta», Editorial Origami, Col. La casa del pintor, Jerez de la Frontera 2013. Puedes pedirlo en la tienda de la editorial, libre de gastos de envío, aquí]

Cáncer de invierno

Cáncer de invierno

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X

El azar se considera sabio y soporta lugares.
Parajes, tal vez, que la memoria pospone
hasta que venga el último habitante de esta sala
a escupir su flema.
El guardián del genoma, nos dicen,
vela por vosotros, ha llagado tantas veces
vuestros cuerpos que parece mentira
que aún se sostengan apoyados y se arrastren
a rogar somníferos como arlequines dulces.
Nada queda por negar, no sea que los locos,
esos muchachitos albinos que beben sin pudor su orina,
me empujen otra vez contra el armario.
Yo ya reconozco mi piel si la contemplo a solas,
ya no me aterra mucho más su aspecto envejecido,
restos de sangre,
un inmenso fragor de batallas perdidas.
Como una aparición el insomnio me traslada a Olleir,
y clavo en el objeto mi pupila cegada con alambre,
no soy yo el que juega
a los guardias en Valdaldón,
ni ese que camina cerca de una muchacha alegre.
No puedo ser yo, que llevo a mi hijo de la mano
como si fuese incierto.
De confiar en que los días cumplan su palabra
y se acalle el zumbido, de confiar solamente en eso,
se aburre tanto el corazón.
Me dormiré después de contar
que en un lugar minúsculo de mi vida
obtengo el paraíso si pudiera encontrarlo.
Como un viejo dolor que apenas evocaba.

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De «Cáncer de invierno», Col. Provincia, León 1998

«A la que falta», ya a la venta

A la que falta portada

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Editorial: Origami
Título: A la que falta
Autor: Luis Miguel Rabanal
ISBN: 978-84-941551-0-9
Precio: 10 €
Fecha: julio de 2013
Número de páginas: 82
Colección: La casa del pintor, núm. 32
Fotografía de portada: Julia D. Velázquez
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http://www.editorialorigami.com/

El libro se puede comprar en las librerías de este enlace, aquí. En las otras, supongo que también.
Y en la tienda virtual de la editorial, aquí, sin gastos de envío, más rápido y seguro.

Poema miserable

IV

El que acecha me arroja
su aliento y es la lluvia una mancha
amarillenta a mis pies.
Sin árboles, sin pasos.
Abrazaré a quien me ofrezca
por monedas su deseo,
vomitaré en su boca
lo mismo que el entrometido.
Sin más noche que la tajadura reciente
en su muslo cortado.
Haré que se arrepienta de mí,
su fiel espejo que mira al otro extremo
por no volverse mío.