Una imperceptible sonrisa atraviesa tal vez su rostro. Curiosamente maquillada como si, habiendo comenzado por los ojos, no hubiera tenido tiempo de acabar, pero con la raya de los ojos tan negra para una rubia. La raya, de ningún modo los párpados (un brillo así se consigue, y sólo se consigue, repasando cuidadosamente el lápiz únicamente bajo el párpado. A este respecto, es interesante precisar que Blanche Derval, en el papel de Solange, incluso observada desde muy cerca, en absoluto parecía maquillada. ¿Será que yo no aprecio lo que resulta muy poco oportuno en la calle y es, en cambio, recomendable para el teatro más que en la medida en que hace caso omiso de lo que está prohibido en un caso, ordenado en el otro? Es posible). Nunca había visto unos ojos como aquellos. Sin vacilar, entablo conversación con la desconocida, admito por lo demás que esperándome lo peor. Ella sonríe, pero muy misteriosamente y diría que como si supiera lo que se hacía, aunque en aquel momento yo no pudiera imaginarlo. Acude, según dice, a una peluquería del bulevar Magenta (digo: según dice, porque al instante me entran las dudas y porque más adelante ella misma había de reconocer que iba sin ningún rumbo preciso). Me habla con cierta insistencia de las dificultades económicas por las que está pasando, pero todo esto, me parece, más bien como disculpa y para explicar mejor la indigencia de su atuendo. Hacemos un alto en la terraza de un café cercano a la estación del Norte. La observo mejor. ¿Qué traslucen sus ojos que resulta tan extraordinario? ¿Qué se refleja en ellos, oscuramente, de infelicidad y a la vez, luminosamente, de orgullo? Es el mismo enigma que plantean las primeras confidencias que, sin que quiera saber más de mí, me va haciendo, con una confianza que podría ser inoportuna (o, ¿tal vez podría no serlo?). En Lille, ciudad de donde es originaria y de la que no se fue hasta hace dos o tres años, conoció a un estudiante al que ella tal vez amó y que la amaba. Un buen día, ella decidió abandonarlo cuando menos se lo esperaba él, simplemente “por miedo a estorbarle”. Vino entonces a París desde donde a veces le ha escrito, a intervalos cada vez más largos y sin darle nunca su dirección. Sin embargo, aproximadamente un año después de aquello se lo encontró por casualidad: ambos se sorprendieron mucho.

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Nadja, Ediciones Cátedra, Letras Universales, Madrid 1997. Traducción de José Ignacio Velázquez.

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