El transeúnte horrible escupe
su flema con desdén, advierte el borrón
de luz que cose sus ojos
lo mismo que un disparo.
La tristeza es seccionada de súbito
por alguien que tose y se engaña
en su sollozo.
La lluvia no golpea todavía,
no desazona su miseria,
aún es pronto para presenciar
el oxidado eco de la muerte.
El hombre ha pisado ya los bares.
¿Quién lo culpa
de tanto y tanto dolor?
No se convence y no regresa nunca.

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