No están maduras las uvas de Damasco,

ni el vino de Helbón. La seda de Sajar
acentúa los pechos de la amada
que tiemblan al sobresalto del tacto, la caricia
del sol y la intemperie.
Las vírgenes rasgaron los sudarios del alba
y el tiempo se hizo oscuro.
En un valle de múltiples reflejos
el hombre vio la luz, viró su rostro
y se percibió solo. Sí, los dioses
huyeron, montados en onagros,
hacia quiméricas praderas del desierto.

.
Octavio Fernández Zotes, “Hemos llegado tarde y Dios se ha ido”, Lobo Sapiens, León 2012

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4 comentarios en “Hemos llegado tarde y Dios se ha ido

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