Vienen a menudo a picotear tus ojos.
Han sabido alguna vez que caminabas Valdaldón
a solas con tu efigie de niño que despierta
y reconoce allí que hubo algo misterioso un día
que daba tanta lástima mirar.
Distinguen tu sombra de memoria
y en los tejados destruidos de las casas
aún se parapetan de los eternos inviernos.
Un niño aguarda impaciente a que lo llamen,
y debes de ser tú que atisbas
el desvanecerse de las cosas desde un rincón
desproporcionado y vil del tiempo.
Hay ocasiones en que de veras aprecian tu soledad,
se comportan igual que tú e indagan en las tenadas
juguetes viejos, camiones que han volcado
o pistolas recubiertas con almagre.
Vienen a menudo a picotear tus ojos.
No ignoran dónde duele más la infancia endeble
y quebrantada que tercamente anhelas,
como se busca a alguien que se fue sin otra señal
que la menos oportuna: un abrigo roto,
la carta a los padres que decía olvidadme ahora
con mucho amor y con certeza, el libro
de aventuras de Singleton y el compás nuevo,
el de las configuraciones imposibles.
Qué importa ahora si accedes a que te hablen
de aquellas lluvias frías y del tesoro gris
y lánguido de Carla.

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