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IX

Ella pensaba que las provenientes
del Sardón eran las peores, arroyos
que bajan con furia hasta el comercio
de los de Miguel,
granizos como puños
en el huerto de habas verdes de Mimi.
Ella pensaba que no podrías marcharte.

Al atardecer, en Valdeluna,
se murmuran las lascivas palabras,
te arrancaré de cuajo si me dejas
los brazos.
Ella objetaba multitud de vaticinios
al amor, separarás mis muslos,
te adentrarás en mí y no estaré más
contigo, vas a multiplicar en mi cuerpo
la congoja,
el placer y el dislate.
Tempestades que envuelven
al alamar y al ñubero lloroso.

El castillo en ruinas
y su desconsolada princesa,
ninguno como tú para con nardos
lamer sus salivas y por fin extinguirse.
Sería una vicisitud minuciosa
o, de vuelta a casa, la enorme aparición.
Variaba el color de sus cabellos,
sin ropas
y quemando sin cesar.

Días y días tachados
de la agenda de un dios imbécil.

Dentro de su boca habitaba la lluvia,
serías el último en andar
y el fuego ardía en los pajares
o era en tu pecho y su pecho,
como embaucadores
que adoptan la inenarrable cintura
de lo comprensible para destruir
la irrealidad y hacerle pucheros.
Tempestades hermosas…

En la linde cocos de luz
para esclarecer la tiniebla.

.

.
Si quieres seguir leyendo, aquí. Gracias, Fernando.

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