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En el pabellón C, el más angosto, da un repaso extenso a su vida, descubre su reciente identidad de hombre con mordaza y se cansa muy pronto de hacer muecas absurdas. No siempre fue así. No siempre tuvo una habitación de enfermo para soportar las noches. Creo que ocurrió en febrero, cuando hay pájaros congelados en cada rincón de las tapias y la escuela es clausurada un año más por esa culpa abundante y buena de la nieve. Fue entonces cuando lo vimos llegar con su ropa oscura y el rostro enrojecido de los caminantes necios. Según él el lugar no era peor que cualquier otro y buscaba un trabajo. Quería ser el criado de alguien.
Nos acostumbramos a su figura errática y a su voz vacía, nos cortaba varas de negrillo y en ocasiones se enfadaba y nos arrojaba piedras. Servía en una casa un tiempo y al amanecer, por razones que ignoramos todos, se alejaba en dirección a Valdeluna hasta que otro día, una semana, dos meses, de nuevo, Antonino nos obligaba a huir o nos forgaba un tenedor bellísimo de chopo.
Siempre mirábamos su ir y venir con un incierto alarde de inteligencia, le suponíamos enconados amores más allá de Olleir, lo queríamos para nosotros solos, conversando pacientemente con las vacas en La Otrera y repitiendo mil veces su destino: vengo porque tenía prisa por marcharme. Así un día, varios años después, lo esperamos.

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De “Casicuentos para acariciar a un niño que bosteza”, Ediciones Leteo, León 2010

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