SACUDÍ la ceniza de mis párpados.
Busqué el día en el interior de la noche y, sí, se abrió en mí: era como ser y no ser.

No hallé sustancia en la función del día. Descansé de mí mismo
hasta que mis líquidos se vaciaron en la luz.

Me acerqué a las materias visitadas por cuchillos, a las que gritan vespertinas,
y aún sentí la pulsación del hierro y la pasión de las máquinas enloquecidas en la inmovilidad.

Después, pasaron una vez más sobre mí tus manos.

.
HIERVE el rocío bajo los árboles torturados y la lluvia es negra sobre los muros y las amapolas.

¿Es ésta la tierra? Estaba limpia bajo las estrellas.

Van a pudrirse los recuerdos, va a oxidarse la nieve, hay animales muy pequeños en mis venas.

Por esto y por lo que concierne a la numeración de la tisis, a los tumores industriales y a la metralla en el vientre de los niños asiáticos,
hay que hacer algo.

Quemar, por ejemplo, los trépanos y las finanzas financieras, a causa de lo dicho y también

para que la mierda no entre en las venas de nuestras madres y para que aún puedan sonreír un poco

antes de morir.

.
Antonio Gamoneda, “Canción errónea”, Tusquets, Marginales/Nuevos textos sagrados, Barcelona 2012
págs. 47 y 73

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