Que nosotros sepamos era el único que el frío llevaba a sentarse en la escalera, tiritando con el plato humeante de sopa en la mano y maldiciendo su suerte. Cada diciembre allí lo aposentaba, ante nosotros, la vida o eso que dicen que debe contarse. Dábamos por hecho que aquel hombre merecía el temblor que otorgaba a su rostro una expresión indigna, por dios. Más tarde supimos, y si no M. nos lo dijo, que no era inevitable ser desgraciados, que la felicidad también es algo que se ha de escuchar cuando apetece beber un buen trago de lejía. A veces el dolor, o la soledad que es una muñeca desmayada y blancuzca, aún nos deparan sorpresas. Nos abre la puerta el pordiosero y nos da de comer y diluvia sin cesar en la memoria de alguien.
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La casa vieja, 2002

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