El célebre escritor de historias sobrenaturales Porfirio García tiene los días contados. Es más, no sólo tiene los días contados sino que también se le nubla la vista tan sólida y frecuentemente que semeja el típico fantasmilla sublime e irresoluto los domingos por la tarde a eso de las ocho y los lunes, más allá de las seis y cinco de la madrugada, un poseso de muy poca monta, por lo que se le distingue muchísimo, en ese estilo suyo de tambalearse al caminar, la gasa bien acoplada a la nariz y untada bien de mercromina, o sea, que qué desconcertante y deshonesta su exasperación, vamos, que quemaba.

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