Antes del barro
escribí:
había llovido, y lo sabía.
tenía los pulmones encharcados
pero era capaz de respirar, o, quizá,
aquello fuese, el aliento estúpido
que solo los pendientes de morir
-y no lo saben-
son capaces de expulsar, el caso es
que de su boca huía
la belleza del gesto
como quien camina, descalzo, sobre las brasas.
lo mejor, sin duda,
era ver sangrar al arco iris; fijarse
en el extremo de uno de sus arcos
y ver cómo se escurre el pretexto de la nada; luego,
después, valerse del óxido del hombre
para poner cara de tonto.
no se abrazará a tu cuello,
no se abrazará a tu cuello, me repetía.
no te besará los labios,
no te besará los labios, me repetía,
para concluir, al poco, sin embargo,
sí que te apretará tan fuerte el corazón
que va a dejar en evidencia
el monocromo de un te quiero;
vas a precisar, entonces,
un cepillo duro, me dije; y recalqué,
con más cerdas y apretar, también,
la dentadura, y, sobre todo,
enjuagarte, más a menudo, la boca
antes de hablar.

ahora, vete, ya, y deja a un lado
el pañuelo severo del tiempo, pensé, y
di, a quien tú quieras, que desde aquí
solo se atisba la precariedad del sol
y la mueca, pusilánime, de un cualquiera.

.

Gsús Bonilla, “mi Padre, el rey”, Ediciones La Baragaña/Poesía, Palma de Mallorca 2012

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