Nada es como tendría que haber sido / JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
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En sus libros anteriores, Mortajas (2009) y Fantasía del cuerpo postrado (2010), el dolor, la soledad, la tristeza y la muerte impregnaban los poemas; Luis Miguel Rabanal publicó después Lugares (2011) con dos características: un tú como máscara del yo y el regreso imaginario hacia los lugares de la infancia, el mítico Olleir (Riello, lugar de nacimiento del poeta).

En el nuevo poemario, Música para torpes, reaparece la segunda persona a la que van dirigidas las palabras, «ese necio personaje que se asemeja tanto a ti y apenas eres tú». Ese personaje es el doble o desdoble del poeta, que lo mira en el espejo como reflejo de sí mismo. La poesía de Rabanal en Música para torpes es una poesía ensimismada, centrada en sí mismo como personaje y como persona, en «el cuerpo lisiado que resulta ser el tuyo y acaso lo sea»; la presencia constante del cuerpo doliente es una característica inevitable de su poesía, así como el ámbito de soledad en que recuerda y sufre. La referencia a la enfermedad, los fármacos y el dolor son lógicas en esta poesía.

Tampoco puede faltar, aunque sea parcamente, la evocación de Olleir, evocación de lo que nunca ya será, pero que sigue alimentando la memoria, el dolor de la pérdida y la alegría del retorno imaginario a los juegos en Montecorral. Pero, en el polo opuesto, también sirve para constatar, con melancólica desesperanza, que «nada es como tendría que haber sido». La melancolía proviene de la conciencia del tiempo y sus desastres; el tiempo, «un viejo camión de la limpieza» que si «nos traslada a un pulcrísimo paraje», acaba dejándonos tirados «a las puertas del hospital sin nombre». «En Olleir la memoria se agría», escribe el poeta: el pasado hace daño, como lo hacen también los otros en el recuerdo.

Este poemario de Rabanal exige atención, detenimiento, relectura. ¿Qué significa, por ejemplo, que «la mañana resplandece y hay muchachas / para espiar desde otro mundo, el que aprisionas / a diario escurrido entre los dedos»? La elusión de la anécdota que está detrás extiende una bruma sobre el poema. Acaso se deba a que «las palabras nos descubren el pesar / que nos aterra» y que el espejo «no refleja sino la sombra / de una sombra que bien podría asemejarse / a esto que ahora podría ser que somos». Quiero añadir que el poemario consta de 21 piezas, con 33 versos cada una: 693 versos en total. No sé si la regularidad numérica esconde mayor significado.

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MÚSICA PARA TORPES, Luis Miguel Rabanal. Baile del Sol, Tenerife, 2012. 54 páginas.

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