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Leer a Luis Miguel Rabanal debería ser asignatura obligatoria en los institutos y sus libros venir subrayados enteros de serie. El placer de dejarse llevar por la belleza de sus versos tiene un caro peaje: sufres inevitablemente el síndrome de Stendhal.
Pero es una belleza extraña la poesía del leonés, pues sus “palabras traicionan con su ternura y su pánico”.
No esperes una poesía fácil de patadón y tentetieso que llega al corazón con la claridad de los poetas “modernos” que se alejan de la lírica y desnudan los versos al máximo, no. Luis Miguel hace una poesía de vanguardia, aunque esteta, da en el fondo el mismo valor al qué dice tanto al cómo. Porque en el fondo, es una poesía de lo cotidiano, pero no deja jugar en el barro a sus versos, no ensucia la poesía. Él está en el meollo de la vida pero observa las manchas en las manos ajenas para contarlo en primera persona mejor que nadie.
Un caso extraño y único, como Bechkam, cuya camiseta, al acabar un partido en el cual había corrido como el que más, seguía oliendo a perfume. Y del caro.

He leído seguidos dos poemarios suyos: Lugares (Ediciones Hontanar) y Fantasía del cuerpo postrado (Libros de Camparredonda) Aparte de La casa vieja anteriormente.
Se me antoja muy difícil hablar de sus libros, son para disfrutarlos y no intentar en vano destriparlos.
Lugares es un recorrido por los paisajes de su niñez. Fantasía es una edición preciosista a la altura de los más grandes solamente, con las ilustraciones del poeta Juan Carlos Mestre llenas de color, necesarias para amortiguar el dolor que arrastran los poemas.

Dejo un poema de Lugares:

XIII

Han sido palabras que hace daño
admitir, suben a tu habitación
con el fin de producirte lástima
o hieren de manera graciosa tu carne
de niño espantado.
Confiabas en la sombra que estruja
el dolorido cuerpo del enfermo
para verlo padecer,
palabras por doquier con que elogiar
la falta de grandeza.

A pocos minutos, Rinconedo
y su chubasco incansable.
La calleja con moñicas
del invierno atropellado y pretérito,
nombres de personas que jamás
existieron, como el tuyo.
Resulta enojoso acordarse de ti
por la noche, cuando no
puedes respirar.
Chicas al atardecer
y en el Lavadero sus pecados
livianos, blancos chorritos
en la piedra de musgo,
cada año los hijos imposibles
secándose en la bruma.

Dime que no fue en balde,
una estación tras otra sin el cielo
azul y sin el olor de las lilas, dime
que fuiste tú quien suplía el afecto
con manos destrozadas
por el desdén y la cal.
Nunca lo apuntará
sobre un papel cualquiera.

El milano no entiende.
Ha vuelto a ocurrir y se encoge
tu ánimo al escuchar el sonido,
sobres granulados para el sueño
y también para la muerte.

La lluvia te abofetea,
recorre la misma galería.

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Gracias, Jorge.

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2 comentarios en “Lugares en La juventud del otro

  1. ¡Oh si tu me vieras! Quizás anhelarasel cálido aliento de mi boca fresca,quizás suspiraras por los besos trémulosde mis labios finos, húmedos y rojos que esta noche tienen el sabor de unagranada entreabierta.¡Oh si tu vinieras! Cómo se posarantus negras pupilasentre la cascada de mi cabelleraque lleva tan soloel pálido adorno de un broche de luces que la luna borda con su luz enferma,mientras que mi cuerpo desceñido todoy envuelto en el manto azul e inconsútilde la primavera, tiembla con el beso tibio de esta nocheque tiene un perfume fugaz de violetas.

  2. . Leer a Luis Miguel Rabanal debería ser asignatura obligatoria en los institutos y sus libros venir subrayados enteros de serie. El placer de dejarse llevar por la belleza de sus versos tiene un caro peaje: sufres inevitablemente el síndrome de Stendhal. Pero es una belleza extraña la poesía del leonés, pues sus “palabras traicionan con su ternura y su pánico”. No esperes una poesía fácil de patadón y tentetieso que llega al corazón con la claridad de los poetas “modernos” que se alejan de la lírica y desnudan los versos al máximo, no. Luis Miguel hace una poesía de vanguardia, aunque esteta, da en el fondo el mismo valor al qué dice tanto al cómo. Porque en el fondo, es una poesía de lo cotidiano, pero no deja jugar en el barro a sus versos, no ensucia la poesía. Él está en el meollo de la vida pero observa las manchas en las manos ajenas para contarlo en primera persona mejor que nadie. Un caso extraño y único, como Bechkam, cuya camiseta, al acabar un partido en el cual había corrido como el que más, seguía oliendo a perfume. Y del caro.

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