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XXXIV

El que guarda sus manos
de aquel que no puede ver y el que ensucia
con ellas la línea abrupta de horizonte.
El olor de las mimosas cuando ha llovido
unas gotas.

Te confías a ti mismo expresiones
extrañas, sin querer pueblas el crepúsculo
con resquemor y aceite para nutrir la piel.

Ya casi has venido, con melancolía anotas
la enfermedad de quien te cuida.

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XXXVII

Se conoce que no tenía prisa,
que la casa añoraba el bullicio sin más.
Helaba inmensamente y el corazón terminó
por callar las palabras, las de la dulce rutina.

El cuerpo que apenas si rozábamos
cuando era escandalosa la flema, mi boca para ti
ahora que está llena mi boca de heces.

Nubes para no referir
en aquella ciudad despreciable, se serena
mi voz cuando sueño que un pájaro
se posa en el hueco umbrío de mi espalda,
carece de calor,
también él marchito.
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“Fantasía del cuerpo postrado”, Los libros de Camparredonda, León 2010. Dibujos de Juan Carlos Mestre.

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