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VIII

Si sientes la cercanía del carámbano
ya habrá bastado para descuidarte
y morir, te crecerán los ojos y serás el desconocido
que llama a la puerta para vender estufas,
espejos que deforman la realidad, licores de manzana.
No estoy seguro de que sea esta noche,
y sin embargo las células supuran su argumento asolador
y me conminan,
de ellas se esperan tantas cosas que imagino
ya inútiles por su modo de perseverar en lo grotesco.
Hay nieve todavía en los tejados de mi infancia,
mi madre enciende el fuego y me viste,
sé que es de su voz
de donde mana la ternura o el castigo.
Ya no sollozo más y esta hora que confundo
con otra menos trágica
me convencerá al fin de que es mentira.
El anochecer es un taxi negrísimo
que asoma en la calle del Medio y es Obdulia
desnuda y dormida, soy yo si permanezco solo
mientras el mundo o su nostalgia acaba.
El contacto con cuanto es fugitivo arde en la boca
como si tuviera prisa por pasar el tiempo,
otros hombres hasta aquí venían a curar su
sarcaidosis.
Qué astuta elección si crees suficiente
desdramatizar tu afán por perdonarlo todo,
tu mejoría cuando el sol
seca tu frente de pensamientos voraces y difíciles.
No serás nunca el suicida que se sumerge con su idea
en el cieno absurdo de la noche y no mira su rostro
que le dice, no, no debes volver.

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“Cáncer de invierno”, Colección Provincia, León 1998
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