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LAS TRAVESURAS

Hay ruidos en la calle
que preferirías no escuchar desde tu mesa,
encienden en tu cuerpo viejas luces tristes.
Cada lunes es muy sano asumir
que te has ido, que no resiste tu boca
esperarla más a las cinco bajo el Roble.
La nostalgia cabe en su mano,
y te culpas por haber soñado que soñabas
con soñar sobre su pubis.
Las frases que pronuncia
el atormentado que crees conocer,
las que nombraban tan bien los días felices
que alguien olvidó tachar
de tu almanaque,
reposan al borde del camino.
Lo mismo que aquellos mineros acribillados.
El que escribe que la existencia no basta para
acostumbrarnos a ella, que el amor te retiene
con sus muslos cerrados y blancos y tibios
y anochece temprano
voto a bríos que no é um fingidor.
Tampoco es difícil pensar que si una vez
el delirio, profusamente, mojó sus cabellos
por qué no iba a terminar ahora
de calentar con veneno la comida.
En sus ratos libres se esconde a la sombra
de algo, no se para a dilucidar su futuro.
Mientras, tú cruzas
las piernas que no tienes para mitigar
las manías y toses con decoro.
Mientras, bajo tu glotis hay burbujas y mimos.
Él dice: bombonero de oxígeno, no te tardes
que me muero, o no es eso lo que dice.

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Gracias, Joaquín.
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