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Como no hay velitas, valdrá un poema…

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VIII
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Completada la cena, el visitante
se despide.
Miseria de noviembre:
el vapor inexorable de las lumbres
se mitiga, sería necesario marchar
deprisa pues acechan
tus pasos los perros
para herirte mucho si abandonas.

A menudo caen del tejado losas
de pizarra
igual que cuentos antiguos,
es como si retornara la niña muerta
a jugar a las bolas y al aro.
El que siempre se ha roto,
el destemplado y grave.
No mirabas atrás no fuera a ser
que el tiempo incumpliese contigo
su acomodo o que la noche te tizne
la palma de las manos
con un hollín sucinto
semejante a la desolación.

Nadie vigilará mientras el vendaval
arrecia, tu hijo está dormido
y no suena la música que ella amaba,
te mereces la frialdad que ocurre
en Valdeollas.
Nadie se hará cargo de tu nostalgia,
vas a morir de lástima por poco
que te apliques.

Cosas que velar,
es bueno permitirles a los otros
golpear con cólera tu cuerpo,
se empapa mejor el hastío
y niegas su nombre.
El embuste
comienza a ser disparatado,
se enturbia la voz:

el zapato de charol levemente
incorrupto, para colmo,
de Aurina.

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