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1 de junio

No viajaré a ningún sitio. Me duelen la gingivitis, el corazón, los zancajos, el Sinogan, las rótulas. Mejor no hablar con nadie, resultaría agotador tratar de articular palabras, palabras que la desesperación viste de ceniza y vino turbio. Barcelona está muy lejos y C. lo tiene crudo, su historia con las eslovenas es terrible: niñas regaladas a cambio de verduras, vírgenes excepcionales de ojos transparentes. Que sí, que sí, que ya estoy harto. Arden las perdidas…

5 de junio

Lo que más me satisface es llamarla de madrugada al apartamento de un amigo. Su actividad consiste en mitigar ardores ajenos y coronar deprisa, limpiamente. La bella Charlotte, la doña, al fin y al cabo, de la Casa. Ella me cuida, claro está que por dinero, y no obstante ya no me cautivan las monedas. Aquellos primeros años era difícil discurrir un hueco en la trata, había que ir con miedo pero no excesivo, sólo percances sin demasiada sangre, batir las calles y ser reconocido por las muchachas deslenguadas cuyo olor de trapo húmedo y lavanda de corsario… Sí fue agradable la lucha. Hoy es muy diferente. Se burlan de uno porque está enfermo, se ríen de uno si les pides que te enseñen los pezones, son avariciosas y parece de plástico su rímel. Son finas y educadas, poseen nociones de derecho internacional, de bailes regionales, de informática y de correctas brujerías. Cada vez son más jóvenes y eso duele en el alma, por supuesto que duele, como si te arrancasen con furia el deseo, lo único que aprecias. Pues bien, Charlotte, decía.

7 de junio

Los días de junio qué tristes. Desde la ventana contemplo los colores vivos de la gente, las faldas cortas, los bíceps irrisorios de los muchachos y me veo en el fondo de un abismo y me sé traicionado por todos y por todo. Tampoco es lo congruente escribirlo aquí. Pesan en las manos las tardes, en la boca se diluye la noche como néctar atrasado que enceguece. Quiero dormir y me nacen ampollas en los ojos.

Antes escribía con temor, pausadamente, vigilando que mis palabras expresaran sólo aquello que buscaba, como la primera vez que abrí un libro de Cirlot y me sudaban las horas y quería reescribir su sueño. Ahora carezco de límite alguno para ahogar mi penitencia. Ginebra, lápices mordidos, encerrado en casa, entre esas sombras que acechan en la calle La Sal, en Xagó si me adentrase todavía, más ginebra, el recuerdo de algún hijo que se perdió en octubre. Y muchachas, muchachas, muchachas, muchachas bajándose el short principalmente.

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De “Elogio del proxeneta”, Ediciones Escalera, Colección Trayectos, Madrid 2009
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