.
I

Tendría que ser él quien nos contase
la estatura real de su desgracia,
y después creeríamos
en mínimas soledades para soportar la vida.
Años de regreso,
la niñez nos acongoja
con tanta lentitud,
con su desmedido afán
por equivocarlo todo y a deshora.
El poema es tinta
de ese error.

.

VII

Siempre que llega le doy
sus pastillas.
Hay tardes en que parece entender
a posta su destino,
esta angustia con forma de navaja
muy próxima a su cuello.
Otras, no me reconoce.
Su voz es mi voz
y mía su gangrena,
y mías también sus teorías
acerca de la más dulce de las muertes.
Morderé sus labios después
si no cesa la lluvia.

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