1

Para acercarse al acontecer diario nada más previsible que esas líneas que va dejando la memoria atrasadas, casi sin perfilar, perecederas como algunas lluvias cuando, por su culpa y atrincherado detrás de tu ventana, no quieres ni oír hablar de ver. Mira que te señalen sin odios, que aún te reconozcan a pesar del desgaste y de la posterior desaparición de los rasgos. Mira sus ojos y, lo mismo que un truhán que vuelve de quién sabe dónde, advierte en ellos el terror y la amistad. Al fin y al cabo es en estos mundos inconexos donde se sopesa y mastica el peso de las horas. Un ejemplo, hoy es martes y trece pero también desatas el cargante atadijo de la ira con Memé, soldados y uniformes, soldados y uniformes, soldados y uniformes, soldados y uniformes.

 

2

Se mofaban de él, seguramente, como el primer día. Se creían los dueños absolutos de su destino, siquiera esa semana, siquiera todas las horas que habrían de seguir y seguir. No importaba para nada su triste parecer entre sueños velados por la fiebre y el desasosiego, su triste opinión de lo que allí, sin su intervención inmediata, casi sin su presencia, ocurría. El terror se escuchaba. No era fantástico. 

 

3

De nuevo antibióticos, antiinflamatorios. Pero, en la presente ocasión, tomados en casa. Este cuerpo mío se parece a una bayeta de limpiar letrinas, ahora mismo pienso en las de las derruidas o desaparecidas Cocheras de Martiniano Fernández, o incluso en algo menos  lírico…

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