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El primer fragmento, aquí.

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……

Caricias, más y más caricias.
Buscaba papeles en su bolso, mensajes sin carmín
procedentes de ciudades absurdas, agitaba
sus manos en la desesperación y descruzaba
las piernas, si tu piel fuera de verdad me perdería
contigo en el asiento trasero de algún taxi.
Ya queda menos para que las horas ingratas
nos produzcan fresco, él se santigua dentro de su boca
y procede a excavar acres territorios,
mientras la ama le promete la mejor salud,
el más duro amor y la ceniza.
Siempre la ceniza cuando el deseo confunde
desolación y atrevimiento, amargura y no poco placer.
Penas de la costumbre, olor a cerrado y trabalenguas.
A hurtadillas de sus labios enumeraba países,
muchachos que con ella temblaban el día del Santo,
obra en mi poder la imprescindible baba para adorarte.
Y sin querer se mancaron los domingos.
Y sin quererlo tu corazón se ensimismaba
en lo anacrónico, cogía tu pulso para entregárselo
al truhán de la noche cuando más escuecen
las pupas, cuerpo erróneo si lo hubiera,
mi amor que se columpiaba en el horror.
Donde tiene su guarida el instinto execrable.
Más tarde regresaron al hotel de la norma
sin menospreciar al niño que nacía de aquella,
cada cual que se ocupe del cuerpo que ha quebrado.
Aún conservan sus sienes el aliento que hubo
y las manzanas reinetas, el calor que se acaba
cuando merman los días.
Rostros que acechan rostros, igual que bocados.
Cada instante es un nuevo insulto a lo vivido,
nos sobra exactitud si nos decidimos a mirar
al otro que nos sobrepasa con su compasión,
del aire se desprenden mortajas.
Detrás de él la puerta se ha cerrado.
El que dicta palabras serena su rostro sin tos, busca
parecidos con la muerte de quien pudo ser su doble
ayer, se sabe cautivo de su obstinada locura.
Tiempo de reprocharte
la paciencia que no duraba apenas lejos de ti,
a no ser que clave en tus brazos leznas invisibles
para que no te olvides de su sorna y del alma
que más te atribulaba los días con erre.
El que hería tus pezones con ramitas de geranio
y que no doliese nunca, orinar de pie en tu boca.
Oscurecida lástima y cuerpo que se encoge, desazón
profunda en el costado que vuelve a marear,
anónimo dolor que me recorre con más frío.
Se le ha visto atravesar la calle delante de todos
con un viejo jersey de aquel maquis, no hablaba
más que de recuerdos, una muchacha tendida
en la Condesa, días de sábados taciturnos.
La abulia, susurra, es aquella otra muchacha que sabe
llegar hasta su lecho, pero su lecho ha ardido.
Trepa la niebla y las hojas de los árboles ennegrecen
el territorio en el que la niñez difuminó el pasado,
la escalera imposible y el Monte de los Frailes,
allí donde los desaparecidos eran más felices
y crecían deprisa y contaban los años cerca de ti
como lentos aviones de aquéllos.
Nada es necesario para recordarte
sino las casas vacías.
El picor de ojos no le permite expresarse, acude
en su busca el Hombre del Saco y posa las manos
donde dice ella, donde prefiere ella, la más bondadosa.
Muñecas de trapo para diferir la soledad.
Acércate a mí a la hora del ensueño,
si miras el horizonte verás que el humo
finge su secreto y hay horas que no se deben contar.
Palabras que rebosan.
Calla quien duerme cosido a su silla de dolores
desprovisto de candiles y plantas amarillas
como en la otra edad innumerable.
Niños que se aproximan para ser golpeados
por el maestro muerto, muchachos atrevidos
que beben de la noche luciérnagas, frente al espejo
se cumplen momentos que vaticinó el ausente.
Palabras que simulan significar una brizna en el ojo
del gigante, el poema se escribe con la mano rota
del que ha venido a verme para guardar silencio.
De súbito frases solemnes, orígenes
del tedio alguna vez y migajas para acallar el susto,
te vuelves conmigo a enhebrar, por malo, agujas.
De aquella se sabía mejor que ninguno la lección
y hablaba con soltura de la historia aterrada,
conocía suburbios, conocía de sobra los nombres
y todo lo demás lo urdía con nosotros.
En la era de Los Orrios solamente duraban milanos.
Igual que los cuerpos que no sirven
y los vocablos que menos se han utilizado,
igual que esos niños que suben a la nube
entre lágrimas cogidos del pantalón corto de Obdulia.
La memoria confusa y las tardes de agosto
fueron las culpables de haber comprendido el placer.
Apenas si se notaba un leve hormigueo
que asciende por el cuerpo que no te pertenece,
un dolor de mentira que nace en la boca alucinada
del otro o incluso el suplicio más fácil.
Semejaba ser el malhechor que huía de la casa.
Desde entonces no has podido evidenciar
el fracaso, te acuestas vestido en las tardes de lluvia
y te abrazas sin reparos al libro de Pavese.
Te esfuerzas en escribir su nombre junto al tuyo,
dos novios hundidos en el mar de Xagó por la apuesta,
dos cuerpos por los que, salvo al azar, no se pregunta.
Bolitas de anís para no eternizar la espera, repara
en el color que va tomando tu piel desde la última farsa.
Hojas de enebro para quemar junto a las hojas
del diario donde la vida sucedía de manera ingrata,
allí daba gusto ser atormentado, qué puedes
mendigar en tu socorro, la mujer a la que amaba
como si todo terminase, lo mismo que un tropiezo.
Pero también se ven muecas dibujadas en la pared
en ruinas, los chicos clavaron allí su rabia
para herirnos y fuimos con torpeza señalados.
Cada año una arruga acorralaba la garganta
del forastero, en su jardín viejos nomeolvides.
Más lejos que ninguno, el amigo que se fue
a descubrir el espacio con pies de plomo y visera
de papel, sobrevive en nuestro corazón su terquedad.
Horas tachadas por el ñubero que ya no nos consiente.
Horas por venir, las que el desamor rotula
con nombres verdaderos,
basta de conciertos para oboe, aconseja,
te has perdido su cáncer de piel que es terrible
y mi escara magnífica, ay.
Si por ti fuese te habrías entregado a la bruja
que más rabia da,
la que sabe mejor encadenar las manos.
Cerca de ti, cuando cesan las gotas y el plasma
envejece, se distinguen signos de colores
que vale más no tener muy en cuenta.
Él siempre, por lo demás, quiere morirse.
……

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