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A menudo se van, dejan el hormiguero sin raíces, las calles solitarias se van poblando ajenas de otra risa, los niños sin pasado devuelven a los juegos inmortales un hueco de merengue.

Se alejan con un paso silencioso a modo de piano sin cordura.

Se vuelve a retomar la música del día, el agua que no para de correr y el golpe del batir antes del fuego.

De nuevo la ciudad es cosa para piernas, un carrusel parado entre cerrojos, olvida brevemente los instantes que fue pasto de oscuro y de fusiles.

La ciudad ya no es más razón de extraños.

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Ana Martín Puigpelat, “Lyon, 1943”, El sastre de Apollinaire, Madrid 2011. Estudio crítico de Philippe Merlo Morat.
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