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LA HUIDA

Los chicos del vertedero vieron ciegos hombres de negro que hurgaban en la nuca de familias enteras, mientras dormían en los parques de atracciones una siesta de picnic, pollo frito y mondas de naranja; arrulladas por un flamear de bolsas de plástico prendidas en las ramas de los árboles.

Y escaparon por campos tendidos en la luz del mediodía, entre grupos de placas solares embebidas en el cielo, que viajaban estáticas, siempre hacia atrás, a la velocidad de los autobuses de línea por la carretera.

Vieron camiones llenos de grava, de arena, de cemento, de ladrillos… que descargaban justo en los lugares donde el viento y el agua se habían llevado el barro del adobe que sujetaba nuestros huesos.

Y allí crecieron casas con antenas parabólicas que conectaban la órbita de la fascinación, la órbita del vacío y la luz, la orbita en la que las estrellas realmente pueden alcanzarnos, con habitaciones interiores, de ventanas tapiadas, donde sestean los cerebros conservados en el formol de la televisión.

Trenes de niebla y carbón cruzando el frío de patios de colegio-sucio ladrillo rojo, desayunos de hambre y ejercicios con el sol despertando a lo largo de aulas y corredores de madera seca.

Trajes plateados con bigote que querían confinar la sangre nueva en el sótano de los colegios, como agua estancada que pudiera vivir una paz submarina de algas muertas.

Mercados que rebosaban frutas, verduras, ropa interior de algodón y matamoscas en una mañana de vino y CO2, por calles-atasco a veinte kilómetros por hora y casas deformadas bajo el peso de un futuro mal soñado.

Vieron la grasa de los cuerpos fundidos con el cemento bajo la megafonía, de las piscinas, el cloro de los gritos y la artillería multicolor de los bazares chinos.

Vieron a lo largo del río la masa del bosque, dragón con otra luz y en otro tiempo, tumbado junto al agua, en cuyo vientre anidaban los pájaros y el verano.

Caminos de vegetación extraviada-garganta de sueño verde y flores de piel estampada bajo el sol-aire diluido en telas de araña y canto de culebras.

Una rabia de calor y moscas empujando nubes de tormenta y sudor entre charcos de mosquitos, amoniaco de cuadras y la bilis de los pocos viejos necios que enmudecen a la sombra de los árboles nuevos.

Vieron coches ardiendo en las orillas, y las llamas caían reflejadas por el agua fría hacia alguna otra orilla bajo sus pies, donde ardían coches con llamas reflejadas por el agua, y así una y otra vez hasta el infinito.

Vieron banquetes de boda en restaurantes de carretera y estaciones de autobús. Tintineo de llaves, monedas y teléfonos móviles. Sol de plazas-arroz y palomas que cagaban de blanco directamente sobre el encaje de los vestidos de novia.

Vieron futbolines quietos y máquinas tragaperras,
Vacas ciegas y coches japoneses,
Pozos artesianos y refrigeradores de ochenta litros,
Sombreros de paja y gorras John Deere,
Cotos de pesca y piscinas hinchables.
Alfombras de césped verde manzana a un lado de la valla y al otro una selva de culebras, caracoles, babosas y toda la fauna que es capaz de generar la madera muerta cuando llueve.

Vieron patios y corrales como tumbas abiertas. La osamenta de los tractores, el costillar de la maquinaria, los huesos y la quincalla de varias vidas pidiendo clemencia bajo el sol, entre zarzas y guijarros.

Cementerios donde morían despacio las grúas en abandono de obras-abatirse de nubes-hormigueo de óxido bajo la pintura y la extensión del recinto era mucho más grande de lo que nunca hubieran imaginado.

Vieron campos de maíz y los cuatro estómagos de la vaca tirados por los caminos, quemando piedras y raíces que volvían a brotar con esa furia de plantas que prefieren la tierra de las sepulturas.

Vieron los últimos bares donde se fuma, se bebe y se envejece a golpe de baraja y dominó con todas las ventanas abiertas, pero con los ojos cerrados.

Vieron viejos que respiraban como hongos en tinieblas, que nunca intentaron comprender el lenguaje de la carne viva cuando les hablaba con la urgencia y el ahogo de los peces en el aire.

Residencias de ancianos-barcos fantasma en la niebla, navegando por campos ahorcados de carreteras, y la obstinada tripulación cuidaba de la muerte con sonrisas de gelatina, puré de patata, tarta de queso y zumo de melocotón.

Vieron otros chicos en ropa de playa, a doscientos kilómetros del mar, jugando al billar en medio de campos de trigo y cosechadoras, y su futuro se acercaba como una serpiente bajo el agua.

Niños que trepaban por los hierros de la maquinaria dejando jirones de ropa y piel en los ganchos y los engranajes para poder mirar desde lo alto, a lo lejos, el paso veloz de los coches por la carretera.

Y entonces los chicos del vertedero volvieron la vista hacia una noche-rabia de párpados en blanco y puños desollados contra paredes de piedra y tiempo.

Y finalmente huyeron bajo el grito de las constelaciones, siguiendo una ruta nocturna de autopistas, túneles y pasos elevados que les llevó directamente al corazón fosforescente de las ciudades,

y allí, dejaron de correr y trataron de olvidar.
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De Toño Benavides, en su blog.

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