Lugares en Filandón

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Aguas que escuchas fluir / JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ

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Tras Mortajas (2009) y Fantasía del cuerpo postrado (2010) (dolor, soledad, tristeza y muerte), Luis Miguel reaparece con un nuevo poemario, Lugares. Aquí, el poeta asume «convertirse en un mí enmascarado», en cita que abre el libro. Es la máscara del tú, en realidad («Nadie te recuerda») o de una tercera persona («Lo dice el que menos recuerda»), trasuntos de la primera persona, máscaras del sujeto para objetivar una imagen, una evocación, un sentimiento, una vivencia, relámpagos del ayer atados a determinados Lugares. Estos distintos lugares van pautando el poemario, dando concreción a lo que acaso, si no, fuera más o menos evanescente. Estos lugares tienen un centro, ya mitificado por la poesía toda de Luis Miguel Rabanal: Olleir, anagrama de Riello, donde nació el poeta, donde vivió infancia y juventud y donde tiene ya calle con su nombre. Olleir se ha convertido en vivero de la memoria herida, acaso cicatrizada. Los lugares componen lo que se llama una toponimia menor y son, indudablemente, los recorridos por el niño que alzan estos poemas, aquellos que en la memoria del poeta siguen despertando miedos o fulgores y que para el lector común son sugestivos en sí mismos: la lluvia sobre Montecorral, la luz negra del Valle de Barreras, la primera caricia en La Cerra, la añoranza de las Fuequinas, el amor en Valdeluna, los peligros de Traslafuente, etc., etc.

Rabanal, poeta, no se reduce a lo anecdótico, sin embargo. El recuerdo, tal vez desvaído, la anécdota o la escena están, indudablemente, en el origen del poema, pero sólo interesa el vislumbre («Un niño que entra con su cabás»…) y el presentimiento, la imagen para levantar el vuelo lírico. Todo aparece en fragmentos que el lector no necesita recomponer; también él puede activar recuerdos de la «edad difusa», sorprenderlos entre la niebla; se poetizan los recovecos de la memoria, la conciencia de ser extraño o extranjero en el posible retorno, el transcurrir temporal, los procesos de desarraigo y reconocimiento, la identidad borrada («el que carece de nombre»), el secreto de-sasosegante (los ajusticiados en la Curva de la Muerte), la derrota vital, visible en el rostro que pronuncia «no debes volver… Nadie te recuerda» o «al volver, ya no existe Olleir», los primeros (sin)sabores del amor (reaparece Obdulia, hito y mito rabanaliano), el dolor físico y las palabras que hieren…

En todo caso, la que obra en el poemario es una memoria no plácida, no consoladora, porque la visión de la niñez está mediatizada por el adulto que selecciona, matiza y reconstruye: «Apenas creerás lo que entonces creías». El tiempo no es indiferente: borra, deforma, dulcifica y envilece o zahiere. Y el motivo central del poemario, que no es otro que el retorno posible y temeroso, se resuelve finalmente como regreso en la memoria y su concreción en la escritura.
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