Lugares con Gsús Bonilla

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XXI

Le nacen al tiempo arenas
movedizas que el hombre disfruta.
Si mendigase volver, si conservara
los brazos aún para dárselos al hijo
o manos ateridas para herirse
con las flores sobrantes
de la acacia.

Ha acordado jamás tener que omitir
letras con que alimentar la espera,
líneas de escritura
para extraviarse a capricho.
Únicamente gritar las palabras.

Noches de insomnio, cuerpos
encerrados.
En Las Sepulturas habrá hierbas
pisadas, animales del duelo
que abrevan allí donde enternece
pensarlo, habrá lágrimas también
y calas para los que marcharon.
Él sabe acertar con las cosas
que faltan y el lugar que tuvieron.

Camina lentamente y hace frío
y se da la vuelta a mirar.

Ahora cree haberlo entendido cerca
del humo de las casas, sin testigos
y sin luz, en el cuarto
donde lo guareció la avaricia.
Finge que se asoma y el hombre
recuerda su paso por la calle de Atrás,
escucha todavía el clamor
que pronuncia el arrepentimiento
cuando lo aterra y lo llena de polvo.

Es probable que la pared se agriete.
Morir para esto, le refiere B., cerrar
los párpados para no recobrar
la lucidez y aprender las lecciones,

exigua clarividencia.

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NOTA: “apropiarse de los atributos de otros” es parte de la cita con la que luis miguel rabanal abre este libro y, que me da a mí, sustraída con nocturnidad y alevosía a su autora, mª jesús romero, también conocida, en la virtualidad de este mundo, como alfaro. cada vez que luís se arranca con un poemario tiemblo, y, no de frío precisamente: el escalofrío viene a ser, de nuevo, por esa emoción intensa que produce su palabra. en “lugares” me ha pasado, además, una cosa inédita, después de su lectura, para mí …sí, lo intento, pero no recuerdo que me haya pasado con otros textos suyos algo así, y me sorprendo, más si cabe cuando su extensa obra, con una voz particular y reconocible, no es como para vivir una nueva experiencia cada día, al gusto…luis tiene la sana y, en la misma proporción, inteligente costumbre de indicarnos el camino, como perro viejo y sabio que es; otros sin embargo, tenemos el equivocado hábito de alzar la pata, sacar la picha y orinar donde se nos ponga, o, dicho de otro modo, vamos marcando territorios a lo tonto cuando lo importante no es la superficie sino la vereda que confluye. la cosa es que imaginé, posiblemente por el poema que posteo más arriba, al poeta cincel en mano, exactamente en la izquierda, obviamente el mazo en la que quedaba libre. el asunto inolvidable era un tremendo corazón de piedra, supongo que el del lector, y entiendo que el mío (lo deduzco porque esta visión es exclusiva y es a mí a quién pertenece), aquel pedrolo estaba en medio de una enorme habitación desamparada de cualquier otro objeto -en este punto cabe el detalle de que estaba muy mal iluminada- como lo suele estar la nostalgia. el poeta cincelaba, con saña; poco después lo hacía con rabia y aquello, entonces, no era cincelar; punzaba, ofendido, y, el corazón duro, de pura lógica, terminaba sin remedio quebrándose. sostengo que el poeta salía ileso de aquel espacio, sin embargo, me resulta borroso, o, no recuerdo bien (como se sabe la memoria es selectiva, también algo caprichosa) lo que le sucedía al lector, pero lo que es seguro y no puedo olvidar, por la claridad de la imagen, es el tamaño de cada uno de los trozos que en el extenso suelo reposaban solemnes y sobre todo, sobre todo, el ruido del hostiazo que sigue atronando mis oídos.

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Gracias, Jesús.
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