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En el nombre del nombre, MARÍA GARCÍA ESPERÓN

La palabra de Luis Miguel Rabanal discurre en su último libro, “Lugares”, por entre las seguridades e incertidumbres de un mapa irisado de nombres de belleza sorprendente. Nombres cotidianos de la geografía española, de ir al mercado o tomar el tren, de verse con el amigo o perderse una cita,  pero que en el contexto que Rabanal urde adquieren connotaciones metafísicas. Metafísicas y encarnadas. En este texto surcado por espasmos eléctricos, el lugar tiene sus raíces en el cuerpo y viceversa, topología humanizada sin misericordia.

En Las Calandras la niña / se aferra a la vergüenza por fin / y agradece el desdén y el exceso / que se posesionan de sus ingles, / sin término medio.

Si eso ocurre en Las Calandras, en El Pedazo la soledad se apiada de ese tú que somos todos:

Sin tardanza comparecía / a dar la lata la soledad, / se apiadaba de ti desde El Pedazo, / se aferraba a tu cuello y que el mayor sortilegio terminase / en tus venas.

En La Carcabén se dan cita las pesadillas y Prinderos era el mundo que sobraba, la primera caricia se yergue en La Cerra (¡la Cerra!) y los niños de Filucha se esconden en las cocheras viejas. Sobre Montecorral las brasas, dice el poeta y su voz ya no es su voz, sino la misteriosa del lenguaje que nos tiene manando de su murmurante memoria.

Para qué, si no, tantas / palabras.

Tal vez, para devolvernos la maravilla de las palabras, de esos nombres de lugares gastados como piedras, que al contacto con el agua viva de la poesía de Rabanal emergen aturdidos de origen:

Finge que se asoma y el hombre / recuerda su paso por la calle de Atrás, / escucha todavía el clamor / que pronuncia el arrepentimiento / cuando lo aterra y lo llena de polvo.

La toma de conciencia poética que nos propone Rabanal le ha dado la vuelta a la llave de las palabras. Motín de la etimología, tierra que aterra, polvo que emerge de las letras y nos llena la boca arrepentida, palabras que son nombres y lugares y que surcan el río del texto como dioses desencadenados: Traslafuente, Valdeluna, Oterico, Olleir, Valdaldón…

Volver a llamar por su nombre / al cansancio. / Volver a llamar por su nombre / temido al amor, con su manera / de andar despavorida y tierna…

Qué inagotable riqueza es capaz de ver este poeta por donde todos pasan, por donde todos son, por donde nadie se detiene a paladear la sonoridad del nombre, su efecto sobre el cuerpo y sobre el alma, la poesía que en este momento y en todos atraviesa alguna calle, se recarga toda agua en el brocal de alguna fuente seca y que, incansable, nos sueña.  O acaso esa riqueza, esos lugares y esas sus palabras han emanado todos del poeta, de Luis Miguel Rabanal capaz de ser fuente de mundo en el nombre del nombre. .

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