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Lugares, Francisco Álvarez Velasco

Lugareños somos, o fuimos, los naturales de un lugar o sus habitantes. Así los definía la primera entrada en el Diccionario de la RAE. «Lugareño. El natural de algún lugar, el que habita en un lugar o pueblo pequeño. Úsase también como sustantivo. ‘Rusticus’». Un lugar, en tal sentido, es suma de lugares, más abundantes en tierras de minifundio, -prados, huertas, montes, bosques, fuentes, arroyos, caminos.-, cada uno con su viejo nombre propio que perdura mientras haya lugareños que lo «vivan». El urbanita, en cambio, no habita un lugar, sino un espacio que en vez de «lugares» se compone de avenidas, calles, plazas., que cambian su trazado, su imagen y hasta sus nombres. ¿Dónde está, por ejemplo, en Gijón, el río Cutis, que corría al lado del edificio en que escribo estas líneas? Los lugareños igualmente transforman los lugares, pero domesticando la Naturaleza de un modo sostenible, como se dice ahora. También, sentimentalmente desde su memoria selectiva cuando los abandonan: «Lo que sabemos de los lugares es nuestra coincidencia con ellos durante un cierto tiempo en el espacio donde se encuentran». La frase de Saramago se refiere a Lisboa, pero parece que dice más si se aplica a los lugareños.
El poeta Luis Miguel Rabanal, que fue lugareño en Riello, acaba de publicar el libro ‘Lugares’, veintidós poemas llenos de tensión y verdad poéticas. Los ha escrito en Avilés, en su sillón de tetrapléjico, con un programa de voz, como viene escribiendo desde hace más de diez años. Riello, en la Omaña leonesa -«Olleir» en su poesía-, y sus lugares fue el espacio de su infancia y de andanzas, aventuras y desventuras en el aprendizaje del azar de su vivir. Me acaba de escribir que suele hacer a diario ejercicios de añoranza «cada dos por tres, uno de mañana y otro de tarde como mínimo». Son viajes a su propia geografía sentimental: Viajes, sí, porque «para viajar basta existir», escribía otro poeta portugués.
El poeta lamenta que muchos de los habitantes de Riello desconozcan los nombres de esos lugares. Él se los sabe todos y, así, nos ofrece una rica y hermosa toponimia, donde predomina la denotación de una tierra de valles y montes y caminos: Valdeluna, Valcarce, Valdaldón, Valdeollas, Valle Barreras, La Cerra, La Collada, Sardón, Oterico, La Cañada. Nombres que quedarán para siempre en sus lectores porque han sido pronunciados por el poeta desde una memoria abierta de par en par: «Desde Oterico a Socil / se ceñirá tu universo a los senderos / que cicatrizan para siempre / y de par en par la memoria». Termino siguiendo la cita de Saramago: «El lugar estaba allí, la persona apareció, después la persona partió, el lugar continuó, el lugar había hecho la persona, la persona había transformado el lugar».

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