Casicuentos en La juventud del otro

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Acabo de leer Casicuentos para acariciar a un niño que bosteza de Luis Miguel Rabanal (Ediciones Leteo). Como el propio título indica, son casicuentos, cuentos breves, muy breves. Ahí reside el engaño del de Riello, el aspecto de los mismos; parecen prosa y uno comete el error de leerlo como si de prosa se tratara, con más ligereza, obviando en ocasiones la forma e intentando llegar al fondo y, claro, a las cuatro o cinco líneas uno levanta la vista con cara de “me estoy perdiendo algo importante”, de estar en el sitio adecuado pero mirando crecer las flores. Porque Luis Miguel hace poesía quiera o no:

“Te cuento estas cosas para que el azar, esa amnesia renegada de los simples, no te conduzca a ti por su senda y más allá del tiempo conserves el suficiente arrojo que explica la memoria…”

Es entonces cuando descubres el truco del leonés y lees los cuentos tres veces cada uno; primero, un acercamiento al mundo desde la mirada del poeta niño, lleno de ternura revestida de hambre y personajes de posguerra, de besos que pudieron ser, de paisajes rurales y crudos, amigos y compañeros de aventuras que quedan atrás. Después te detienes en la forma, desgranando la poesía constante, en el que cada palabra está puesta porque tiene que estar, sin artificios, elaborada cual alquimista, las proporciones justas del lenguaje aquí son magistrales:

“Aquel muchacho desde lejos recrimina esa duda y ya no está donde estuvo su patria feliz. Y quién lo sabe”.

Y después, se lee el casicuento por tercera vez, por placer, por lujo; por satisfacción al haber descubierto el engaño de Luis Miguel Rabanal y saber que tienes un tesoro entre las manos que sólo tú has sabido ver. Luego, pasas al siguiente cuentito deseando caer de nuevo en la emboscada de la falsa prosa para disfrutar, otras tres veces, las perlas de un poeta que no puede dejar de serlo.
Gracias poeta por estos cuentos.

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Gracias a ti, Jorge. También aquí.
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Este tunante poeta maestro humanista alivio de tostones

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Seguramente no tengo derecho a llamar amigo a ningún poeta, atendiendo al buen nombre de la palabra y a la reputación de los poetas, que en contacto conmigo se degradarían ambas al momento. Seguramente no tengo derecho ni a acercarme a la poesía para no enturbiarla con mis silabeos, con mis gustos, con mi entendimiento. Seguramente. Pero desde hace tiempo me empeño en acercarme a las orillas de los libros de Luis Miguel Rabanal por ver si soy uno de los afortunados a los que sus palabras tocan y curan, de males que no pienso repetir aquí. Me acerco y le llamo maestro, porque en mi ignorancia creo que lo es. Maestro que me lleva por la extraña simetría de sus versos, que me abandona en la infeliz geografía de su Olleir huérfano, que me orienta en la dureza de la insistencia humana en pasiones o en pasajes.
Este poeta es un tunante que cuando me tiene más embobado sacándose rebeliones de la nada y haciéndose melindres con la ira, se gira bruscamente y palabra a palabra construye otro libro para que no me quede más remedio que peregrinar hasta otra nueva orilla. Y entonces me pide parecer, él, el que nunca juzga, me pide parecer sobre versos y renglones para los que no estoy preparado y que nunca llego a comprender. Así que repito enfervorecido sus palabras en público y corro a conjurarme en privado con otros de mi calaña, y lo invocamos en una esquina filosa para que el invierno castigue su nombre con inclemencias sin cuento que le hagan volver miradas de misericordia a los que buscamos su aliento mecánico en tardes de tedio provincial.
Este tunante poeta maestro humanista, Luis Miguel Rabanal, alivio de tostones me descubre un mundo que nunca tuve, me entrega realidades que no poseo y me guía desde el rumor electrónico por empeños que me ofrece tanto como me niega.
Sabed que sólo él posee horas propias en los dominios nocturnos del tiempo, dominios que no puede reconocer abiertamente salvo que quiera perderlos. Sabed que en esas horas nos piensa en nuestra correcta dimensión y se apiada de nuestra presencia inútil e impertinente y nos abre la puerta de su república para que nos acojamos a sembrado y creamos propios los poemas que él nos piensa.
¿Dije ya que consiente en ser llamado amigo?

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AVELLANEDA en persona. Gracias, Félix.

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Un poema de Julio Obeso González

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si atravesamos la distancia
por razones que no cuentan
y de vuelta
al sumar por los dedos
nos falta algún cuervo
una fosa común
y no es bastante fortuna
¿de qué privarnos?
tomar decisiones
justo antes del umbral
disimulando sobre el felpudo
cualquier arruga
que no esté del revés el alma
ni el carmín
de cintura para abajo
curva la demencia
y borra de los ojos
bienvenidas

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A LMR, tras la lectura de su libro “Lugares”

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TRIPULACIÓN CCAN: Jam Sessión de Poesía 40 Aniversario

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23-12-2011, 21 horas, Club Cultural de Amigos de la Naturaleza, León.

Para celebrar el 40 aniversario del Club Cultural de Amigos de la Naturaleza (CCAN), y como protesta contra su desalojo, Producciones Vinalia Trippers ha programado, en paralelo a muchos otros actos reivindicativos del Club, una jam session de poesía en la que intervendrán, en principio (la convocatoria sigue abierta), cerca de veinte poetas.

Felipe Zapico, Adriana Bañares, Luis Miguel Rabanal, Toño Benavides, Julio César Álvarez, Silvia D.Chica, Velpister, Rafael Saravia, Juan Carlos Pajares, Toño Morala, Ramiro Pinto, Antonio Toribios, Choche, Jorge M Molinero, Abel Aparicio, Carlos Salcedo, Jorge Pascual, Alfonso Xen Rabanal y Vicente Muñoz Álvarez, acompañados de la música improvisada de Tumor Never Knows (banda integrada por conocidos músicos locales), amenizarán con sus versos esta velada poética de apoyo al Club, reinvindicando este imprescindible y emblemático espacio cultural leonés, fundado en 1972 y plataforma para todo tipo de colectivos y artistas durante varias generaciones.

La lectura, con entrada libre hasta llenar el aforo, está prevista a las 21 horas del viernes 23 de diciembre en la sede del Club (Plaza Puerta Castillo 10, León).

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Diversión celeste

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Con el almirez vamos a estar ocupados cuatro o cinco días a lo sumo, de nada servirá que comparezcas a deshora con la faldita deshilachada a admirar nuestros progresos. Con el almirez ya sabes cómo las gastamos, porque en un tris nos hacemos los locos o nos da por juntarnos con Eliberio y Arselín y pintamos sin condolencia ninguna el borde de los mayores boquetes. Además, qué caramba, tan crudo era el tiempo que ella se vio obligada a pasarlo por la sartén un poco para vivir más deprisa, me parece. Por último creo recordar que con el almirez y el extractor de humos apagado no te dolerá más la cabeza, ni mucho menos las rótulas. Las duchas frías son sanas.
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Lugares en Voz y mirada

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En el nombre del nombre, MARÍA GARCÍA ESPERÓN

La palabra de Luis Miguel Rabanal discurre en su último libro, “Lugares”, por entre las seguridades e incertidumbres de un mapa irisado de nombres de belleza sorprendente. Nombres cotidianos de la geografía española, de ir al mercado o tomar el tren, de verse con el amigo o perderse una cita,  pero que en el contexto que Rabanal urde adquieren connotaciones metafísicas. Metafísicas y encarnadas. En este texto surcado por espasmos eléctricos, el lugar tiene sus raíces en el cuerpo y viceversa, topología humanizada sin misericordia.

En Las Calandras la niña / se aferra a la vergüenza por fin / y agradece el desdén y el exceso / que se posesionan de sus ingles, / sin término medio.

Si eso ocurre en Las Calandras, en El Pedazo la soledad se apiada de ese tú que somos todos:

Sin tardanza comparecía / a dar la lata la soledad, / se apiadaba de ti desde El Pedazo, / se aferraba a tu cuello y que el mayor sortilegio terminase / en tus venas.

En La Carcabén se dan cita las pesadillas y Prinderos era el mundo que sobraba, la primera caricia se yergue en La Cerra (¡la Cerra!) y los niños de Filucha se esconden en las cocheras viejas. Sobre Montecorral las brasas, dice el poeta y su voz ya no es su voz, sino la misteriosa del lenguaje que nos tiene manando de su murmurante memoria.

Para qué, si no, tantas / palabras.

Tal vez, para devolvernos la maravilla de las palabras, de esos nombres de lugares gastados como piedras, que al contacto con el agua viva de la poesía de Rabanal emergen aturdidos de origen:

Finge que se asoma y el hombre / recuerda su paso por la calle de Atrás, / escucha todavía el clamor / que pronuncia el arrepentimiento / cuando lo aterra y lo llena de polvo.

La toma de conciencia poética que nos propone Rabanal le ha dado la vuelta a la llave de las palabras. Motín de la etimología, tierra que aterra, polvo que emerge de las letras y nos llena la boca arrepentida, palabras que son nombres y lugares y que surcan el río del texto como dioses desencadenados: Traslafuente, Valdeluna, Oterico, Olleir, Valdaldón…

Volver a llamar por su nombre / al cansancio. / Volver a llamar por su nombre / temido al amor, con su manera / de andar despavorida y tierna…

Qué inagotable riqueza es capaz de ver este poeta por donde todos pasan, por donde todos son, por donde nadie se detiene a paladear la sonoridad del nombre, su efecto sobre el cuerpo y sobre el alma, la poesía que en este momento y en todos atraviesa alguna calle, se recarga toda agua en el brocal de alguna fuente seca y que, incansable, nos sueña.  O acaso esa riqueza, esos lugares y esas sus palabras han emanado todos del poeta, de Luis Miguel Rabanal capaz de ser fuente de mundo en el nombre del nombre. .

Las monjitas

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4 de abril
La primavera quiere entrar a visitarnos por las rejas del lenguaje hasta el galán de noche y en el rostro sopla un aire insignificante que reconforta una enormidad. Privilegios del oprimido. No en vano las salidas de la celda cada vez son más abreviadas. De la cama al urinario y, si no hay mala pata, si se apiada de nosotros quien tiene que apiadarse, nuevamente nos volvemos o nos vuelven a la cama. Y a cascársela más, dado que es sanísimo hacerse unas chaquetas, o es lo que dicen los letreros. El buen tiempo de la mañana se agradece lo mismo que un caramelo de fresa por muy chupado que te lo pase Menéndez, el de las barbas luengas. Uno no está ya sino para renunciar a regirse y para consentir ser remolcado por los fantasmas que se encargan en lo oscuro de estirar la lengua hasta formar con ella precipicios, qué desdicha. Qué importa por quién, si los frenos y las ruedas de la silla se aflojan y conmigo se impulsa cuesta abajo, donde acecha un rinoceronte lanudo con su cuerno afilado listo para atravesar mi corazón.

9 de abril
Nos envían de apoyo logístico a una novicia guapa. Beatriz del Ilimitado Desconsuelo es como la nombran. Su mayor belleza reside en esa hechura joven de amena colegiala con acné, el indispensable solamente, y facciones deslumbrantes de perdida. Reemplazo sus palabras como si golpearan mis sienes con jaleo y las discurro porque me dañan y es prudente que así sea. En un minuto si se me autoriza continúo, porque he de apaciguar mi conciencia con unos vómitos, debidos a la menestra de arroz con rodajas de bellota y cáscaras de huevo rebozadas con guindilla que nos procuraron las damas de tanta caridad en su menú. Apendicitis o catalepsia o exceso de ipsación. Antes me gustaban las mujeres y ahora lo que me gusta son las onomatopeyas. Y por si acaso, recojo los artilugios de guarecer el ganado y de describir las lesiones de mis carnes y mi instinto y me hago regresar a la posada. Habrá diversión y devaneos.
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Vídeos de primera 8

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I

Yo tuve mi cuerpo encadenado una vez
a la probabilidad de ser angosto,
escasamente enumerable y oportuno, fui de súbito
alguien que responde a las preguntas más brutales
con el recuerdo de los días dulces, esos que acontecen
lo mismo que un fulgor nos quemará en la boca.
Pensaba en las palabras asombradas
que el atardecer hacía huir con su chaqueta beige
y bajo los árboles crecía un musgo amarillento y triste,
una forma más de la pereza,
el cisne muerto de ojos devastados.
Yo siempre creí en mi propia desolación
y habitaba un mundo descompuesto, mostrándome
su sangre o su miseria y construyendo con mis manos
todavía páginas sin rencor repletas de ternura,
pero lo que fue entonces veredicto horroroso
de las noches casi bárbaras
hoy ya ha sido disuelto en el vodka taciturno
de ciertas muchachas amigas de su placer si pasa.
A menudo me digo que enfermar es hermoso.
Quiero ahora encontrar la senda que borró la bruma
de todos los lugares que amaba, el amor
hecho de pie detrás de las casonas como un susto
y al aproximarse a mí su rostro el humo lo desplazaba
a la soledad,
al desmayo de saberse ya empedernido y roto.
Mis brazos también buscaban la saciedad
para vencer las ansias de vivir al margen de la vida,
y crecí dentro de ese engaño.

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(C) Luis Miguel Rabanal
Cáncer de invierno, 1998
Voz: María García Esperón
Música: Yiruma
MMXI

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También aquí.
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Lugares en El Comercio

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Lugares, Francisco Álvarez Velasco

Lugareños somos, o fuimos, los naturales de un lugar o sus habitantes. Así los definía la primera entrada en el Diccionario de la RAE. «Lugareño. El natural de algún lugar, el que habita en un lugar o pueblo pequeño. Úsase también como sustantivo. ‘Rusticus’». Un lugar, en tal sentido, es suma de lugares, más abundantes en tierras de minifundio, -prados, huertas, montes, bosques, fuentes, arroyos, caminos.-, cada uno con su viejo nombre propio que perdura mientras haya lugareños que lo «vivan». El urbanita, en cambio, no habita un lugar, sino un espacio que en vez de «lugares» se compone de avenidas, calles, plazas., que cambian su trazado, su imagen y hasta sus nombres. ¿Dónde está, por ejemplo, en Gijón, el río Cutis, que corría al lado del edificio en que escribo estas líneas? Los lugareños igualmente transforman los lugares, pero domesticando la Naturaleza de un modo sostenible, como se dice ahora. También, sentimentalmente desde su memoria selectiva cuando los abandonan: «Lo que sabemos de los lugares es nuestra coincidencia con ellos durante un cierto tiempo en el espacio donde se encuentran». La frase de Saramago se refiere a Lisboa, pero parece que dice más si se aplica a los lugareños.
El poeta Luis Miguel Rabanal, que fue lugareño en Riello, acaba de publicar el libro ‘Lugares’, veintidós poemas llenos de tensión y verdad poéticas. Los ha escrito en Avilés, en su sillón de tetrapléjico, con un programa de voz, como viene escribiendo desde hace más de diez años. Riello, en la Omaña leonesa -«Olleir» en su poesía-, y sus lugares fue el espacio de su infancia y de andanzas, aventuras y desventuras en el aprendizaje del azar de su vivir. Me acaba de escribir que suele hacer a diario ejercicios de añoranza «cada dos por tres, uno de mañana y otro de tarde como mínimo». Son viajes a su propia geografía sentimental: Viajes, sí, porque «para viajar basta existir», escribía otro poeta portugués.
El poeta lamenta que muchos de los habitantes de Riello desconozcan los nombres de esos lugares. Él se los sabe todos y, así, nos ofrece una rica y hermosa toponimia, donde predomina la denotación de una tierra de valles y montes y caminos: Valdeluna, Valcarce, Valdaldón, Valdeollas, Valle Barreras, La Cerra, La Collada, Sardón, Oterico, La Cañada. Nombres que quedarán para siempre en sus lectores porque han sido pronunciados por el poeta desde una memoria abierta de par en par: «Desde Oterico a Socil / se ceñirá tu universo a los senderos / que cicatrizan para siempre / y de par en par la memoria». Termino siguiendo la cita de Saramago: «El lugar estaba allí, la persona apareció, después la persona partió, el lugar continuó, el lugar había hecho la persona, la persona había transformado el lugar».

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Firma invitada en DVD Ediciones

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A WYSTAN HUGH AUDEN LE PINGA LA NARIZ

Luego vienen los de silla de ruedas
W. H. A.

 

No sé si Lacan o Confucio, pero venía
a decir que menuda papeleta la ecuanimidad
del moderado y la ponderación del intrigante…
Por eso es que los poetas inflan el globo
de sus pulmones con temple y aflojan el nudo
de la corbata con labios amoratados
los pobres.
Por eso, y sólo por eso, los poetas no ofrecen
la más mínima confianza ni a la policía municipal
ni a las mamás de las floristas.

No en vano, a los poetas se les podrá ver
sufriendo como los fundidores sufren cuando
diluvia y cierran precipitadamente el tragaluz
de congojas y hay tranvías enormes tirados
por un poder que no se altera por nada.

No creo que los poetas, tal como se asegura
en documentos tortuosos, lloren sin que nadie
les tocara con saliva la oreja o sin que nadie
les hiciese comprender que el poema comienza
y concluye a la vez en otro que pisotea
el otoño más crudo y el amor que termina.

¿No serán los poetas los menos indicados
para arrojar al lago de los suspiros
cuartillas tachadas?

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(Poema inédito, 2011)

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Tomado de aquí.
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Vídeos de primera 7

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LA NIÑEZ QUE IGNORAS

Di que las eras de Riello
cubrían tu niñez de colores
posibles, de pelotas de goma
con que triunfar una tarde
de sol.
Di que perdiste en su seno
los años execrables, los años
que no cesan jamás de narrar
su exacta lejanía,
que ganaste amargura.
Di que sí, que el tiempo
reconoció tu otro cuerpo
prestado a los héroes de papel
y de nieve, que ahora
resulta que no eres tú
de ningún modo quien fuiste.
Di también que ha pasado
casi ya todo.

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(C) Luis Miguel Rabanal
Diez poemas para leer (y amar) detrás de los saúcos, 1990

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Voz: María García Esperón
Música: Yiruma
MMXI

El ave Fénix solo caga canela

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EL DÍA QUE DEJÉ DE SENTIR
LA FUERZA DE LA GRAVEDAD

Desaté de la cornisa una guirnalda
Volé a media altura sin cansarme
Vi la sombra inquieta de un balandro
Acaricié las copas de los árboles
Me tiznó de herrumbre la campana
Y eso fue todo lo agradable
Tosió la aurora una mañana
Nevó en la fronda de la sangre
Se heló el estanque de las lágrimas
Iglú de fuego incendia el aire

(Las imágenes caen con un espasmo
Ruedan hasta el fondo del barranco
En el lecho del arroyo sobresalto)
Dormí sobre una ermita de montaña
Charlé ceremonioso con un cuervo
Amarrado el cinturón a la espadaña
El viento se nos lleva tan arriba
Remolino de mi muerte en diferido
-Muriendo de reojo ¡No me diga!
Ahora voy con un plomo en los bolsillos

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Ángel Cerviño, “El ave Fénix solo caga canela (y otros poemas)”, DVD Ediciones/Poesía, Barcelona 2009. XV Premio de Poesía Ciudad de Mérida.
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