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XIII

Han sido palabras que hace daño
admitir, suben a tu habitación
con el fin de producirte lástima
o hieren de manera graciosa tu carne
de niño espantado.
Confiabas en la sombra que estruja
el dolorido cuerpo del enfermo
para verlo padecer,
palabras por doquier con que elogiar
la falta de grandeza.

A pocos minutos, Rinconedo
y su chubasco incansable.
La calleja con moñicas
del invierno atropellado y pretérito,
nombres de personas que jamás
existieron, como el tuyo.
Resulta enojoso acordarse de ti
por la noche, cuando no
puedes respirar.
Chicas al atardecer
y en el Lavadero sus pecados
livianos, blancos chorritos
en la piedra de musgo,
cada año los hijos imposibles
secándose en la bruma.

Dime que no fue en balde,
una estación tras otra sin el cielo
azul y sin el olor de las lilas, dime
que fuiste tú quien suplía el afecto
con manos destrozadas
por el desdén y la cal.
Nunca lo apuntará
sobre un papel cualquiera.

El milano no entiende.
Ha vuelto a ocurrir y se encoge
tu ánimo al escuchar el sonido,
sobres granulados para el sueño
y también para la muerte.

La lluvia te abofetea,
recorre la misma galería.

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Para leer más, aquí. Gracias, David.
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3 comentarios en “Lugares en Los valientes andan solos

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