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Luego de los postres, una fuente repleta de fresones con nata y el botijo con licor de guindas excesivamente azucarado, el chamán se decidió a extender sobre una de las mesas auxiliares aquel mantel de florecillas de azahar de la bisabuela Encarnación con los utensilios del deseo menos comprensibles colocados allí de cualquier modo, como con cierta mala gana. ¿Le saldrían también a Demóstenes calenturas en la boca? A cada paso que daba de noche el amigo, a tientas lo mismo que el perdedor de llaves cuando tanta sed nos demostraba, más amargura aún le producía y desfallecimiento y temblores de profunda procedencia, del tipo acariciador que no concluye nunca su trajín. A qué esperamos, a qué esperamos, le susurró al oído.

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