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I

Sobre Montecorral la lluvia
aún no se reconoce,
los cuerpos ya marcharon
a maravillarse con otros cuerpos
únicos y tú tendrás que volver
algún día, con sigilo o con alguna
incertidumbre malsana,
como extranjero atribulado
por el dolor y la niebla,
a desenmascarar y a besar
su rostro.

Quienquiera que sea el atrevido
que cruce sus dedos ahora
como perpetraba en la niñez,
para vivir tan deprisa
de modo que el pájaro verderín
no lo sepa.
Observa bien sus manos,
no son las de aquel tiempo triste.

Sobre Montecorral las brasas
y sobre su cuerpo frío líquenes,
son hábitos con que acercarse
al derramado pudor de entonces,
al deseo que hoy se cansa de clamar
y clamar como el loco que huye
del sutil sacrificio.
Muchachas tendidas sin ropa
y ofreciendo su carne sublime
al que pasa apurado, al que llega
de la ciudad muy lejana.

Deberías ser tú, el extraño
que enfermó con ella sin querer,
quien desde los desnevios
reproduzca el infortunio con saliva.
A fin de cuentas, el más espeluznante.

.

Gracias, Alfonso.
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