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PETITE MORTE

Se fue sin prescindir de las bóvedas;
se las llevó todas puestas.

Sacó del extremo convulso una apetencia imposible.
Luego, llegó al presente:

Te asomo a mi boca,
te obligo y me obligas a reconocer lo inexacto.
Me bebo tus ángeles y sediento pido tu celo más abrupto.

Te tumbas sin sueños,
te agitas y brindas tu último gramo a mi tempestad.
Me vuelves aliento de ficus y baño de inusitada fe.

Te inclinas… me inclino…
lloramos lo alegre en nuestra piel.

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Rafael Saravia, “Llorar lo alegre”, Bartleby Editores/poesía, Madrid 2011

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