Memorias de un cabrón resentido

.
Oremus

En Babia hay un párroco que declama las misas en veinte minutos. Veinte minutos cronometrados, incluyendo credo, liturgia y homilía. La facción más beata de su grey sale algo enfurruñada, persuadida de que, desahuciado el latín, le han robado la fe y la cartera. Sin embargo, en estos tiempos donde uno pone el telediario y no sabe cuándo acaba, a mí me parece un cura ejemplar. No diré que despierte pasiones, pero sí que recita salmos hermosos. Palabras antiguas resonando en el templo. Para un agnóstico como yo, esas parábolas mezcladas con incienso poseen una belleza salomónica. Lo cierto es que este cura lacónico, que con el tiempo se ha vuelto algo desabrido, también es capaz de prestar su voz a misas plúmbeas y agotadoras. Suelen coincidir con las fiestas patronales y con el hecho de que, atraídos por la romería, los fieles se congregan a centenares. A esas misas vernáculas esos fieles, de todas las edades y condiciones, acuden a pie con una vela en la mano. Los más correosos se dejan los zapatos en casa y visten ropas de luto. Los más suspicaces, que no son pocos, dicen que la duración de las misas es efecto de las colectas silenciosas. Se llaman así porque los donativos deben ser en papel, para evitar la ignominia de las monedas. Yo, como sólo doy limosnas a los pobres, nunca suelto ni un euro. Por eso no entro a criticar si existe o no afán de lucro. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, y vaya esto a su vez para los hijoputas que lapidan. Sea como sea, las misas y los discursos largos, sobre todo si hay reclinatorios, siempre me provocan desconfianza.
.
.
.
Miguel Paz Cabanas, “Memorias de un cabrón resentido”. Los libros de Camparredonda, 8 (serie verde). León 2011. Prólogo de Gregorio Fernández Castañón. Ilustraciones de Silvia Álvarez López-Dóriga.