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Beber para contarlo

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¿sabes, Bo?
ahora mismo en un outlet de internet están conectadas casi veinte mil personas ávidas de consumo.
Y viendo lo que queda en el Ágora del Sol, 240 personas.
La lotería nacional la van a privatizar y al no saber cómo vender el tema, ¿pérdidas?, los telediarios, que ya lo están, sólo hablan del rocío y ortega cano.
Esto es lo que hay en este país… nos merecemos lo que tenemos.

Ayer iba muy lento, no tenía espacio en el disco duro… decía el letrerito. Le pasé el ccleaner y me liberó cuarenta y cuatro jigas… todo de archivos temporales.

Mi chota también necesitaba un ccleaner… repleta de archivos temporales que la ralentizaban… A veces, la mañana me hace daño… entiendo a los vampiros de sangre… no a los psíquicos… a esos los ponía de pararrayos, empalados o no… por si les mola. Según pasaba el cleaner con mahou, la neurona, sí, esa última y psicalíptica, al verse otra vez con espacio la muy puta, va y saluda y se enrosca en sus dendritas… y se lanza al vacío.

Hoy lo paga todo mi cuerpo. A veces, la mañana me hace daño. Y alargar la ronda hace que los cuernos de orujo me taladren como a un espontáneo famélico.

Aun así todo lo recuerdo, aunque mi cabeza me abronque y mi hígado busque en las páginas amarillas un remiendavirgos.

Un micrófono registra el estallido de unas pompas de jabón, y de cada estallido surge un verso de un poema de Ana Pérez Cañamares recitado por Zapico, la gente se para, no deja a nadie indiferente… el sol sigue brillando en ciertos ojos.

Cuando mis palabras se niegan a sí mismas, el tiempo se detiene en unas escaleras y busco un rastro en mí, pues una pregunta peregrina por mis entrañas y necesito responderme al vomitarla… pero la pregunta se escapa y me veo de barra en barra deshaciendo el puzzle del camino, más bien recuperando las piezas perdidas en la mañana.

Quiero marcharme, necesito hacerlo… no consigo centrar mi chota.

Alguien llega tambaleándose, se planta en mitad de la plaza Cervantes… afianza su pies, levanta el puño izquierdo y grita: ¡gora eta!

Marcha por la calleja. Al minuto pasa un coche de la municipal. Siguiendo su rastro. Algo de escolta, taxi o ambulancia, tiene la escena.

Me miro en el espejo. Leo lo que pone la camiseta que me ha regalao Zapico… joder… debo de estar torcido de cojones o he atravesao el espejo pues parece escrito con carmín en el cristal de mis ojos: Beber para contarlo.

Más bien creo que todo lo que me rodea está torcido. Yo no soy tan surrealista… en ese aspecto, todos me superan. Me alcanza el pesimismo, no he debido leer tanto. Las hostias pasan como obrs, como pompas de jabón que estallan… y cuando nadie las rellene con versos, lo harán de sangre.

Pocos, muy pocos, han entendido algo… suficientes… Mi generación se ha dedicado a farfullar… me duele la cabeza de tanto hacerlo.

A veces deseo comprenderte, Bo… encerrada en tu burbuja hucha… con tu glory hole particular, tu cuerpo hipotecado y tu mente de outlet… a veces, Bo, puedo llegar a entender tu vida de politonos afónicos, las huellas de silicona que rastreo en tu camino virtual… ufffff… es la resaca.

Mi saludo es a la generación que está haciendo algo por despertar… los demás hemos perfilado caminos en las esquinas de los bares, relamiendo las palabras que son espuma que se desborda por la barra… palabras que son mojones de un sendero de serrín que busca escoba.

Ojalá podáis tener esa casa, un trabajo digno, tiempo para beber unas cervezas con los amigos…

tiempo para contarlo.

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Alfonso Xen Rabanal, de aquí.
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