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LAS CENIZAS

Santiago tenía una urna donde guardaba las cenizas de su difunta esposa. Cada vez que la echaba de menos, cogía la urna, la abría y con una tarjeta de crédito extraía un pequeño montoncito que después machacaba y trituraba con el canto de la tarjeta. Finalmente, distribuía el montoncito en una fina línea y a través de un billete enrollado esnifaba los restos de su mujer. Esto le ayudaba a seguir adelante. Aliviaba sus penas y añoranza. Santiago consideraba su hábito, no un hecho extraño, sino una íntima y estrecha comunión con su esposa. Sólo era un acto de amor, uno más de los tantos con los que se habían correspondido a lo largo de su relación. La muerte prematura de ella los había separado para siempre, pero mientras le quedasen sus cenizas, seguiría comulgando con ella. Sus amigos le disculpaban, sabiendo que lo suyo era un inútil intento de acercamiento a su difunta mujer producto del dolor. Santiago aseguraba que cuando esnifaba las cenizas de su mujer la sentía dentro de él. Ante tales afirmaciones, los suyos no podían hacer nada.
Santiago fue abusando de su “vicio”, consumiendo su “droga” cada vez con más frecuencia y en mayores dosis. Las cenizas eran cada vez más escasas. Santiago, cual yonki, calculaba mentalmente las dosis que le quedaban y se atormentaba al pensar que un día se acabarían. Como era de esperar ese día llegó. Sin cenizas Santiago dejó de sentir a su mujer y eso lo mató.

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Pepe Pereza, “Momentos extraños“, Ediciones Groenlandia, Córdoba 2011. Prólogo de MJ Romero. Epílogo de Adriana Bañares.

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