Gracias, Pepe.
 
 

LA CARRERA DE ROSCA
 

Una vez, solamente una vez, y fue dulce. Consistía la gloria en el beso que Carmen daría al vencedor y en la noche de luna redonda los demás besos crueles, los del primer placer que llega a quitarnos sin pudor la vida, a raudales.
Muchachos que corren. Cuerpos bañados en esperma que imaginan cuerpos estrechados más allá del deleite, como un incienso que deslumbra, y esperan ser devueltos al origen, pero rotos con ternura por la lucha encrespada de las bocas. Ese santo remedio que la traición no esconde jamás.
Al amor le falta el brillo que no debe decirse. Por la tarde los hombres contemplan el trote alegre de sus hijos, igual que ellos ahora tuvieron una vez la oportunidad de vencerle merecidamente al tiempo. Sólo una vez, recuerda.
Ha sido Carlos y se nota que arrastra tras él la temeridad de lo inasible: su beso posee esquinas oscuras y ramitos de menta y papeles manchados. Se ruboriza y fuma el pitillo con una pequeña pretensión de amor en sus ojeras, o no.
El próximo año seríamos nosotros los que pintasen con mucha cal la meta. Una muchacha que hoy está cerca de ti, sentada, romperá tu corazón con parsimonia. Solamente una vez más y bastará con eso. 
 

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