Paula, Paula, la tía Paula… cuántos recuerdos. Gracias otra vez, Vicente
 

 
RECUENTO DE MONEDAS
 

Detrás de las casonas vivía una mujer mendiga que adoraba a los niños dándoles dedales de azogue para llevar a sus casas y caramelos ácidos que encontró una tarde justo en el bolsillo roto de un fusilado, de aquellos que morían con la cara vuelta y muy poco temerosos de dios, como debe ser la muerte, les decía a los niños.
Se llamaba Paula, mas su origen era oscuro como las nubes desoladas del temporal, su estatura simple y su voz, de tan diminuta, parecía provenir de algún lugar amable y limpio. A menudo lloraba falsamente y se ensimismaba como cualquiera de nosotros, es decir, nos mostraba su dolor, nos envolvía con su manto raído por las lluvias atroces y en nuestra mano aparecía, casi sin querer, el caramelo.
Al día siguiente los árboles medraban algo más y en la escuela la lección de Cálculo resultaba todavía más tediosa. Paula se iba en primavera para regresar de nuevo, siempre, el dos de octubre. Quedaban los niños varios meses sin su madre afable y detrás de las casonas se amontonaría la mugre, la soledad muchas noches y las viejas camisas de culebra.
Dime ahora si recuerdas a aquel niño que se sentaba en sus rodillas y besaba su rostro por última vez.
 
Luis Miguel Rabanal, de Casicuentos para acariciar a un niño que bosteza (Ed.Leteo, 2010).
 
 
___________
 
Aquí una notita tangencial al libro.

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