Habría que saber diferenciar más tarde o más temprano lo verosímil de lo indiferente. Asimismo, ayudaría bastante ponerle buena cara a la exasperación para que no se digan después las palabras ajenas de costumbre que nadie va a discutir en su conjunto. Inclusive sería deseable, una vez zarandeado a placer el desconcierto, una vez olvidado el dolor que cierra con suma pudibundez los ojos, arrancar la puerta de la casa y dormir, ahora sí, como un bendito.

 

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