Amenazan con inmolarse en medio de la sala, revocan su tormento con tiza y considerable docilidad, parece que de un momento a otro se vislumbrará, como mínimo, la cólera. Seguramente están aquí para pensarlo, cómo será su cuerpo ahora que ya ha sido detallado, cómo serán sus besos sin abrirlos del todo. Se arrojan los unos a los otros vasos de tinta, de carmín y lejía,  conejitos de peluche, testigos muchas veces de su ardor y su lástima, cuadernos de blanda escritura, medias con carreras de cristal. No prolongarán más el esmero y depositan allí su desgana, no haré más lo que te complace, ni cerraré mi puerta por la noche cuando más cordial es la tempestad ululante, le propone, no les viene bien la hora y se enfurecen como chiquillos persiguiendo a una sacavera con gula. Cómo es la noche, cómo es la travesía infatigable que desaparece ahora de su vista porque nada es como quisieran, el placer es lo que sobraba o su brebaje helado y esquivo, ya sabes por qué, como lo que no se ve nunca…

 

 

 

Se me rompieron las perlitas. Probablemente de tanto usarlas. Qué se le va a hacer.

 

 

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