Quién diría la edad, la que vuelve de lejos a zarandear la risa, la edad más tierna. Así lo cuentan ellos: caminan por ahí, se presienten a lo lejos sus alpargatas sucias de soldados abatidos en un combate especialmente librado contra ellos, fragmentando la memoria como los muertos vuelven de groseras calumnias, inútilmente ya… Quién diría su edad, la que mejor dibujan sus labios, la que no dibujan sus labios si no es con brasas, con brasas de la fogarata que calcinará los sueños. Uno se imagina que no tardarán mucho en llegar hasta nosotros los gritos del dolor que reconoces de sobra, más fieras devoradas y expuestas al encono que otro poco y, además, el más manoseado olvido. Su voz comienza a ser disuelta por calimas, su voz se niega a desabrigarse. Que alguien nos enseñe cómo se pronuncia, esa música repugnante o sublime, ella en apuros, dando gusto a los otros, ya no. Que alguien nos lo enseñe, enfurecidos como están asustan sus palabras, puta vehemente de chocho delicado, vas a ver ahora.

 

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