Será más severo aún el daño, se rehace en un abrir y cerrar de ojos la melancolía y se posa sobre ti, no debes ser confuso. Será irremediable entonces haber sobrevivido contigo a desastres, la luz descomponiéndose más, el amor ya tergiversado para siempre por culpa de H., los pezones hurtados de quien se atreve a decir la verdad y a ser arrojado a la hoguera por ello. Hasta que suceda lo que más anhelabas, el cuerpo encerrado con el cuerpo que transige, al anochecer le contarás la oscura falacia de costumbre, el amor hecho a la sombra de alguien que regresa. Serás tú quien decida ahora el nombre del que ha de horadar el cuenco de tu vientre, oh magnífica sirena, volcarás sobre ella los deleites más inmundos. Lejos de aquí, le gritan. Si pudieses, si por lo menos te fuera recíproca su sed y le entregaras, al fin y al cabo, tu propia indiferencia, el esplendor de la piel marchita cuando no amanece nunca y no es que importe demasiado, de verdad. Sonríe, como si estuvieras prisionera de un príncipe no tan malo y, por supuesto, no te apeteciese más huir. No estás, no estás.

 

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