Con las ropas de otros se ha quitado la trenca deprisa, toma sus lápices de colores para recuperar diagramas no visibles del todo, el rostro que ha dado la vuelta para mirarlo venir, temblorosas las manos y el tiempo infinitamente hallado y perdido. Ya tarda sin embargo y la lluvia aborrece. En el camino saborean la depravación: la mojigata salda en un descuido la catedral oscura, se escuchan más y más los ruidos, ajenos todavía, del desamor y de la fatua conquista. Con las ropas de otros se adorna de damisela que le ha sido imposible ser pródiga, el muchacho se cree el único protagonista de la ficción, se enoja cuando le buscan similitudes con la muerte, no tiene el más mínimo sentido. Se le ve a G. sudando y contando sin parar los aparejos de la mutilación, ha sido él, manifestaba su desdén por la noche. Es la calle de la Sal o del Adiós o algo así. Cuando aparezca ya será tarde, es largo casi su deseo o le atenaza la voz un difícil acertijo. No podrá levantarse jamás.

 

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