Colonos

 

El juego no podía ser más simple: repartir cartas, ver a quién le había tocado la más alta y elegir la prenda que el afortunado debía pagar. La prenda, claro, siempre estaba al otro lado del río, allí donde empezaba el ámbito secreto y temible de los colonos, donde trabajaban con sus extrañas herramientas y vestían sus extrañas ropas, y cantaban sus canciones extrañas con su extraña lengua y rezaban a su dios extraño: allí donde teníamos absolutamente prohibido entrar. El señalado con la carta más alta debía adentrarse y burlar, robar, destruir algo y regresar luego con la prueba incontestable de su triunfo: un hatillo de peras todavía verdes (nos las comíamos igual), una blusa tendida al sol, una botella de licor, la cabeza de un pollo. A veces, el enviado tardaba en volver; a veces lo hacía magullado. Y siempre traía en los ojos el orgullo del héroe, el aleteo del espanto.

También yo crucé el río más de una vez, y durante algún tiempo conservé las pruebas de mi arrojo: un plato en el que hubo cerezas, un libro incomprensible, un mechón de cabellos dorados. Poco a poco, el juego dejó de tener interés porque poco a poco la colonia fue creciendo, haciéndose fuerte. Al final, el orden sagrado de las cosas fue alterado y ahora todo sucede al revés, como en los malos sueños. Hoy la colonia es próspera y en nuestros campos sólo se cosecha ruina. Algunas noches oímos ruidos y los objetos desaparecen o se rompen misteriosamente. Mis hijos tienen miedo y muchos días vuelven a casa desgreñados y sucios, y golpeados.

Nunca entendieron nada, los colonos. Ni nuestra lengua ni a nuestro Dios, que es el único y el verdadero, aunque haya decidido abandonarnos. Esa extraña gente ni siquiera entendió que aquello era sólo un juego, maldita sea, un inocente juego de niños.

 

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