Alfaro, una santa, es la única persona del mundo mundial que se acuerda de él. Y lo hace intercalando en su Ciudad la veraniega (?) entrada 12 de agosto:

 

 

 

Para variar, me siento casi bien. Es decir, he dormido buena parte de la noche, sin dolor y sin lástimas, he cantado en sueños con vocablos increíbles y por la mañana he dado un dilatadísimo paseo de unos, aproximadamente, cuarenta largos metros. Aquiles me fio a regañadientes un libro de Borges y con una témpera escarlata estreno la pintura de mi cuarto escribiendo en los cantones la excelencia que sigue:

 

…soy un hombre de ciudad, de barrio, de calle:

los tranvías lejanos me ayudan la tristeza

con esa queja larga que sueltan en las tardes…

 

Hay días que dejarlos así es lo más aconsejable, tan a sus anchas en completo silencio, sin añadir nada a ese sortilegio suyo que nos conmueve; dejarlos así porque si no, podríamos de repente equivocarnos y ya está uno harto de los errores ajenos y no digamos de los propios; dejarlos reposar hasta agriarse… Este Borges sabe detrás de lo que anda, el insensato. ¿La concha de su madre? ¿La de la mina Kodama? Por qué no haberle abordado e interrogado en el paraninfo de la Universidad de B. ¿El párpado caído…?

 

 

Elogio del proxeneta

Luis Miguel Rabanal

Ediciones Escalera, 2009

 

 

 

-También Pepe Pereza, cómo no.

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