Cristina R.

 

 

A ver si lo comprendes, el cuerpo

ya no es el que ayer representaba para ti

la impasible delicadeza de otro cuerpo.

Ni el que se hacía pasar con disimulo

por aquel de más allá que preferías.

 

Deja de especular que no te incumbe.

Se te parece tanto sin ser tuyo, de tu vejez

ha obtenido la fotocopia menos fastuosa.

Como quien se consagra al adversario

no te aproximes, no abandones tus labores.

 

Para qué, si continúa hablándote en silencio

y gesticulando su aversión cuando te aprestas

a extrañar la biografía –o era la renuncia–

sin laberintos placenteros, sin apósitos

para encubrir lo que desentona de la muerte.

 

Se desbordarán nuestras lágrimas entonces.

Estate atenta a las próximas señales.

Del cabello no digamos nada, ni de esa luz

que corroe igual que una ración de hiel

y de arroz blanco y de narcótico.

 

El cuerpo que nos gustaba si invocas

su oscuro nacimiento y te consuelas.

El que arrastra detrás de ti el espíritu

levemente impúdico de la desolación

o su indicio aparatoso más cercano.

 

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