Al despertarse se dio cuenta, con suma pereza, es cierto, de que no recordaba. Había pasado la noche cual tren fantasma que cruza el desierto sin jamás detenerse. El único era él, el único que distinguía la velocidad desde su ventanilla quieta, y se aferraba a las sombras porque creyó estar soñando un viaje angustioso.

Al despertarse comprueba los daños en su boca, el cabello erizado y las piernas arrancadas. Claro que era él, quién si no se atrevería a mirarlo desde el espejo alto de su madre, el de las pruebas de costura, a sonreírle con estúpida cara de muchacho con gripe.

Nada recordaba, pero, en cambio, el trayecto de la noche en ese tren en llamas era nítido. Su memoria flaqueaba en lo puntual y monocorde de cualquier recuerdo: unos labios de ayer, el juego de bolos con Luis, la casa ordenada y los libros prohibidos. ¿Qué es todo eso que si lo convocas, animal tan latoso y perturbado, no viene a socorrerte?

De pronto miraba sus manos y nada en ellas había que le perteneciera un poco, ni una simple caricia, ni un amigo, nada que llevase su endemoniada imagen de otro tiempo. Crecer debe de ser una cosa semejante, especulaba. Y pasó de largo, de puntillas.

 

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