Se hacía tarde en las casas y los hombres tomaban el último bocado, se rebelaban muchas veces contra todo y se dormían. Soñaban cosas desmesuradas, tales como cuerpos suaves de muchachas, o el nombre olvidado de sus muertos. Soñaban días en los que vivir no fuese asunto peligroso, un rostro que atisbar por si mintiera.

Llegaba la mañana con los cantos del mirlo. Se vestían una vez y partían a los abonos, a la linar, al campo. De cada hombre se puede hacer un dibujo enorme y diligente, mas qué importa, si trabajan en paz, una paz desprestigiada y forzosa, y caminan el otoño como si careciesen de alas, es decir, de memoria, de la inoportuna memoria.

Yo pensaba en ellos desde mi estatura de niño y sospechaba afrentas, frases dejadas caer en el bar Villamor, aquel Bar de interminables partidas, los escuchaba maldecir como si buscaran allí un asalto a la desolación, al límite. Había quien se alejaba con gesto huraño y sonreían los otros. Suponía en sus labios demasiadas deserciones y en su corazón la grosera verdad.

A veces, hoy mismo, me ocurre que los recuerdo tan bien que me da tristeza sobrevivir sin ellos. Los hombres sabios de mi tierra, los que me dejaron usar su azada y su superchería y su carro, los que me regalaron su voz que nada dice porque todo es embuste, en la Piedra rosa o en la cuneta solos, como si sucediese siempre así el ajuste de cuentas con la vida. Mañana es otro paraje cruel si tú lo nombras: tendrás que ser paciente con quien te ignora. Los perros han callado.

 

 

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