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El niño se ha extraviado en Prinderos, se esconde allí de nosotros porque somos culpables. Nos apetece mentir con relativa frecuencia y aun cuando cambiamos la ropa de sitio tenemos sumo cuidado con no hacerle un siete a la mismísima vida. Por eso da igual si nos escucha o si crujen sus dedos como los de los ajusticiados después de caerse de bruces o si tose con ganas. Nos dice que no. Porque ha sobrevenido muy tarde el castigo y las lágrimas cuentan una historia diferente cada vez, quien me quiera que me haga sentir el único dueño. Y dice más cosas. Si lográsemos estar a su lado, o incluso colgarnos de su blusa como entonces, no sería igual pero sabría que la tregua se acaba. Como una bolsa de almendras, de aquellas tan dulces. Pareces tan triste que nadie verá en ti lo que guardas de él. El olor de la muerte lo reconocía a la legua, fue una tarde que quisiera olvidar, el cuerpo diminuto tendido en esa caja y unas plantas marchitas. Al final del camino siempre queda la sombra del roble, hacías tiempo para contarlo, tú estabas allí.

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